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Un año de eutanasia: nada que celebrar

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UN AÑO DE EUTANASIA: NADA QUE CELEBRAR Durante este fin de semana se cumple un año de la entrada en vigor de la tristemente famosa LORE (acrónimo de Ley Orgánica de Regulación de la Eutanasia).  En distintos medios de comunicación incluso se habla de la "conmemoración del primer año de eutanasia". Es triste escuchar y leer términos como "celebración" cuando de lo que se está hablando es de la muerte. Considerar que proporcionar la muerte a una persona es algo que celebrar/conmemorar es muy difícil de asumir. Se me hace difícil hablar de eutanasia, y no lo digo por el concepto en sí, sino por el nuevo significado que se le ha dado al término. Cuando yo empezaba a estudiar bioética, hace ya algunos años, eutanasia solo tenía un significado incuestionable: el buen morir, la forma más adecuada de finalizar nuestra existencia tal y como la conocemos, sin el sufrimiento derivado del dolor físico, acompañado, considerado mucho más que un mero paciente, un ser tan humano co

IN-feliz día de la Enfermería

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  IN-feliz día de la Enfermería Después de otro año se vuelve a festejar el patrón de la enfermería, San Juan de Dios, aunque sinceramente este año en particular no tengo muy claro qué es eso que deberíamos celebrar.  Muchas enfermeras todavía tenemos muy recientes los hechos acaecidos durante estos dos años y pico que llevamos de pandemia. Después de los aplausos de la ciudadanía, la Administración sigue olvidándonos. Estoy totalmente de acuerdo con Pilar Lecuona, presidenta del Colegio de Enfermería de Gipuzkoa, cuando afirma que “a las enfermeras no se nos reconoce nada de lo hecho” (El Diario Vasco, 11 mayo 2022). Eso se ha visto claramente cuando desde el Ministerio de Sanidad se nos ha excluido del grupo de trabajo para recomponer lo que algunos demagogos todavía llaman sanidad universal y gratuita. Así se ha visto también no mucho tiempo después, cuando desde otro ministerio del Gobierno se ha dado luz verde a la puesta en marcha de una nueva titulación que vendrá a competir co

Culpables por amar...

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Culpables por amar... Como bien sabéis la mayoría, desde hace algunos meses he vuelto a mis raíces asistenciales, afortunadamente. Cuanto lo echaba de menos, más de lo que pensaba. Lo que algunos, más bien unos pocos, han visto como un retroceso laboral realmente lo he vivido un gran logro profesional, y personal. En definitiva he vuelto a la vida de enfermero especialista en geriatría, en una residencia, claro, porque en otros ámbitos ni siquiera somos reconocidos. Soy "animal de residencia" y siéndolo me siento humildemente orgulloso y agradecido. He vuelto a coger el pulso a eso de "el día a día" de los mayores institucionalizados. Ya no soy "jefe", que bien, sino un miembro más de un equipo fantástico y excelente formado por jóvenes compañeras enfermeras como Marta, Estefania, Mirian, Jose, Aurora, Eva, Agueda, Ana Belén, Paula, María, y Clara; algunas de ellas son antiguas alumnas, que hacen que me sienta orgulloso por toda su labor y sobre todo por e

Humanizar las emergencias no es sedar

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En estos días en los que se empieza a hablar de "re-normalización" de la realidad, porque eso de normalizar la vida es algo bastante presuntuoso, han vuelto muchos fantasmas de esos que pensábamos que ya estaban exorcizados. Uno de esos fenómenos que pensábamos que ya no regresarían es la marginación de los profesionales sanitarios de las residencias, particularmente enfermeras y auxiliares de enfermería (en adelante TCAE) por parte de sus compañeros de otros ámbitos. Tras dos años de intensa lucha contra el Covid en los que se derribaron muchas puertas que nos mantenían aislados del mundo han vuelto a sus puestos aquellos "no-compañeros" a los que nadie echábamos de menos. Durante un más que merecido descanso con otras compañeras de residencias (madre mía, cuanto tiempo sin verlas cara a cara), me comentaba una que la otra noche revivió la peor de las pesadillas que sufríamos todas hace dos años. Por lo visto, un señor de unos 87 años se descompensó de manera repen

La guerra de los olvidados

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Durante estos días nos vemos invadidos nuevamente por los medios de masas. Estamos saturados por información que se ha convertido en mucho más que un simple relato de hechos históricos, ya sean políticos o sociales. Es curioso comprobar cómo de la pandemia, que nos estaba aniquilando sistemáticamente, pasamos a los líos intestinos en el Partido Popular, y de ahí, desgraciadamente estamos en Ucrania y su salvaje ataque por parte de una potencia nuclear. En este país del Este es donde por ahora no detendremos. Millones de personas se han convertido de una semana para otra en refugiados; probablemente,  todas esas personas  no terminarán de creerse que hace un mes estuvieron plácidamente tomando un café en cualquier plaza o bar de su ciudad y actualmente estén pidiendo ayuda para que alguien les acoja bajo su techo. No es solo cuestión de un techo. Han perdido mucho más que eso; han dejado en Ucrania su identidad y su hogar. Hace años estuve en campos de refugiados con una oenegé tanto en

Objetar es humano

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Desde hace varios meses la ley orgánica reguladora de la eutanasia ha entrado en vigor y se está implantando con normalidad en nuestra región. En este tiempo ha vuelto a salir a la palestra, otra vez, el tema de la objeción de conciencia. Me niego a calificarlo como “polémico”, pues en sí misma la objeción no lo es. La polémica la hacemos los seres humanos acentuando las posturas procedentes de diversos puntos de vista. Quizás sea pedagógico reflexionar un poco acerca de qué es eso a lo que llamamos objeción de conciencia. La objeción de conciencia no está regulada de manera monográfica por ninguna ley. Esto es algo a lo que recurren algunos para calificarla como postura personal e individual, lo cual es verdad; pero a veces, paradójicamente, este personalismo de la decisión de objetar es visto como un acto subjetivo y arbitrario. La objeción de conciencia no solo es un acto. Es una postura personal, una actitud ante la vida, que se basa en el convencimiento de que uno no puede n

Grises necesarios

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Ya estamos finalizando el verano, por fin. Se acabaron las aglomeraciones (a pesar de que estamos en pandemia), los calores inconsolables, y los miedos irrefrenables cuando vemos a la gente amontonada en las terrazas. El otoño nos trae nuevas experiencias, además de nuevos miedos, y muchos riesgos. Las experiencias recién vividas este verano en los nuevos brotes en residencias donde la tasa de vacunación rozaba el 95-98% nos han llevado a revivir viejos miedos y fantasmas que con la vacunación pensábamos que iban a desaparecer. Qué ilusos éramos. Esto no significa que la vacuna no funcione, más bien al contrario. Gracias a que se vacunó a la mayor parte de los mayores de las residencias cuando han aparecido nuevos brotes el impacto ha sido mucho menor. Pero, ¿es suficiente que el impacto sea menor, comparado con olas pandemicas anteriores?. Desde mi punto de vista no. Cada vez que un anciano muere en una residencia por Covid se nos debería remover una inquietud acerca de cómo de bien o