Mascarillas y símbolos

MASCARILLAS Y SIMBOLOS

Era un secreto a voces. De esos que sólo tienen de secreto el no hacerlos oficiales. Las mascarillas han sido borradas de nuestra visión cotidiana tras su publicación en el BOE. En los últimos tres años, más que el elemento sanitario en sí, la mascarilla ha adquirido un valor mucho más simbólico que práctico. Y no me refiero a simbólico como sinónimo de figurado. Las mascarillas, primero la FPP2 y más tarde las de color azul, han adquirido un significado mucho más profundo que la mera profilaxis sanitaria.

Para muchos la mascarilla era al principio de la pandemia un símbolo de uniformidad. Nos igualaba a todos los ciudadanos ante la posibilidad de enfermar, y con ella se nos privaba de elementos identitarios propios, de sonrisas, de muecas de desaprobación, de besos al aire, entre otros. Era un símbolo del miedo a morir. 

De cara a los otros la mascarilla también simbolizaba el permiso para interaccionar con ellos, y la lejanía física. Sin mascarilla no podíamos acercarnos a menos de dos metros a otras personas, ni ellas a nosotros.

En esos momentos de cruda pandemia, a finales de dos mil veinte y principios de dos mil veintiuno, la mascarilla empezó a convertirse en una nueva marca de clase social. Estaban las de tela, que no valían para nada, pero que comenzaron a adornar la faz oculta de sus portadores. Las había de colores, con sonrisas, con mensajes escritos. Las había incluso con bisutería, que ayudaban a destacar a sus portadores respecto a la homogénea masa social. Por contra, también estaban las mascarillas FPP2, que en principio sólo usábamos los sanitarios. Bueno, y aquellos que podían pagar sus desorbitados precios; aquellos precios con los que unos pocos, muy pocos, se hicieron ricos. Excluyeron de esta manera a una proporción nada desdeñable de la sociedad, a los que menos recursos económicos tenían. En esas circunstancias las mascarillas fueron un símbolo de desigualdad, de discriminación social, de “sálvese quien pueda”.

Más adelante, a principios de dos mil veintidós, las mascarillas simbolizaron lo horroroso del encierro de los mayores en las residencias. En la calle muchos de nosotros dejábamos de usarla, mientras que los mayores de las residencias veían desde las ventanas de sus habitaciones, convertidas en asfixiantes celdas, cómo debían seguir utilizándolas a cambio de ver a sus familiares un ratito, o al menos la mitad de sus caras. La excusa fue la posibilidad de brotes, que no probabilidad, aunque se hubieran vacunado prácticamente la totalidad de ellos, y de que la letalidad y mortalidad del virus fuese progresivamente ínfima. El uso de las mascarillas siempre fue congruente con las circunstancias en las que se utilizaron.

Pero debemos recordar que su retirada, como su uso, también va cargada de simbolismos. Por un lado es un rasgo de cierta relajación, tan necesaria tras el anuncio de la OMS del fin de la pandemia. Pero relajación no es sinónimo de normalidad.

Debemos ser conscientes de que su retirada no significa volver al mismo estatus quo del mes de febrero del año dos mil veinte. Por aquel tiempo no éramos conscientes de que cotidianamente no hacíamos las cosas bien. Supuestamente, el uso de las mascarillas nos ha enseñado a una mayoría de ciudadanos a entender que con simples gestos podemos salvar vidas. Ver en su retirada una vuelta a una supuesta normalidad es sinónimo de volver a una situación de necesaria prudencia cuantificada en números negativos. Y es que antes no lo hacíamos bien, queridos lectores. Volver a la misma situación del año dos mil veinte es igual a volver a un riesgo continuo, a un jugársela a la ruleta rusa sin sentido.

Quizás deberíamos aprender la lección, tristemente a costa de muchos muertos, y asumir que más que un “adiós a las mascarillas” lo correcto sería decir un “hasta luego”. Deberíamos volver a ponérnoslas en otoño, cuando se eleve el número de contagios por gripe, u otras enfermedades de transmisión aérea. También cuando entremos en lugares donde puedan coexistir juntos varios enfermos, como es el caso de los centros de salud, y hospitales, sobre todo en momentos de alta incidencia de enfermedades respiratorias. Las mascarillas no son las culpables de nuestra incomodidad. Han sido el mayor símbolo de protección y preocupación por la salud y la vida de muchos, incluyendo la nuestra. No son las enemigas, sino más bien todo lo contrario. Así, las mascarillas seguirán siendo un símbolo durante muchísimo tiempo, espero. En esta ocasión de respeto, y de humanidad. De sacrificios ocasionales a cambio de ser más solidarios y protectores con los vulnerables. Al menos de vez en cuando. Solo cuando sea necesario.

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