Humanizar las emergencias no es sedar

En estos días en los que se empieza a hablar de "re-normalización" de la realidad, porque eso de normalizar la vida es algo bastante presuntuoso, han vuelto muchos fantasmas de esos que pensábamos que ya estaban exorcizados.

Uno de esos fenómenos que pensábamos que ya no regresarían es la marginación de los profesionales sanitarios de las residencias, particularmente enfermeras y auxiliares de enfermería (en adelante TCAE) por parte de sus compañeros de otros ámbitos. Tras dos años de intensa lucha contra el Covid en los que se derribaron muchas puertas que nos mantenían aislados del mundo han vuelto a sus puestos aquellos "no-compañeros" a los que nadie echábamos de menos.

Durante un más que merecido descanso con otras compañeras de residencias (madre mía, cuanto tiempo sin verlas cara a cara), me comentaba una que la otra noche revivió la peor de las pesadillas que sufríamos todas hace dos años. Por lo visto, un señor de unos 87 años se descompensó de manera repentina. Saturación al 89%, febrícula, síndrome confusional agudo... lo habitual, vamos. Siguiendo el protocolo llamó a los compañeros del 112 debido a la hora, las 3 de la mañana, y al rato apareció una ambulancia medicalizada del 061, del SUAP más cercano. Con los años las enfermeras que cuidamos de mayores frágiles en residencias hemos aprendido a identificar a los "compañeros", médico, enfermero y TAS, de los "no-compañeros" que bajan de la ambulancia sin ninguna prisa, desganados (que no cansados), y mirándonos con cara de ser los culpables de su salida; a estos solo con oír el tono con el que dicen "buenas noches", cuando las dicen, y caminan, antes de nosotros aunque no sepan a donde van, ya sabemos que son "no-compañeros".

Al parecer, el caso del señor que refería más arriba, y que en principio no debía llegar a mayores, se complicó desde el principio. Al llegar lo primero que hicieron fue reñir a la compañera por no haber hecho un electrocardiograma, y por no haber tomado las constantes en cuanto les vio llegar; además, la "no-compañera" enfermera (los improperios de esta sí que duelen) le dijo a la médico, que no a la compañera de la residencia, que la vía que le había puesto antes de llegar ellas era "una mierda". Todo esto, por supuesto, delante del señor enfermo, que no idiota.

Pero aunque les parezca que esto ya es suficiente para echarse las manos a la cabeza, no fue lo peor. En la historia clínica del paciente, a la cual, por cierto, y si nos ponemos tiquismiquis, no deberían acceder esos "no-compañeros", ponía que el paciente padecía un tumor prostático en fase avanzada, que no terminal. En ese momento la enfermera, o mejor dicho no-enfermera, llamó la atención de la médico la cual se detuvo en seco y mirando a mi compañera le preguntó de malas maneras acerca de los motivos por los que no se la había informado de esta circunstancia. "Pues porque realmente no es el motivo de consulta", le respondió con la voz temblorosa la compañera de la residencia. Las otras, las "no-compañeras", se miraron y la médico le dijo que iba a sedar al señor debido a su estado agónico. Cuando nuestra compañera de la residencia le dijo que debía esperar a informar al paciente y a solicitar su consentimiento informado, la otra, de manera psicótica le espetó que ella era la autoridad sanitaria en ese lugar y momento y que se ponía la sedación porque ella lo decía y punto. En ese preciso instante la "no-enfermera" le dijo a nuestra compañera "te estás complicando la vida tú solita". La compañera de la residencia les avisó de que iba a llamar a su médico y al director de la residencia para informarles de lo que estaba pasando. Tras unos segundos de intercambio de miradas, unas amenazantes y la otra asustada pero firme, la médico dijo entre dientes "vale, nos lo llevamos". Nuestra compañera de la residencia suspiró aliviada. Cuando ya tenían al paciente en la camilla y justo cuando el ascensor abría sus puertas, la médico se volvió hacía nuestra compañera y le dijo "¿sabes lo que te digo? que no me lo llevo y que aquí quien manda soy yo". Tras esto miró a la "no-compañera y no-enfermera" la cual abrió su bolsa y sacó una jeringa que inyectó en bolo en la vía del paciente. Mientras la compañera de la residencia apretó su puño dentro del bolsillo para hogar un grito de rabia la médico ya estaba dentro del ascensor junto al TAS, que había estado todo el tiempo callado y con la cabeza gacha, metiéndole prisa a la "no-enfermera".

Al salir de la residencia la ambulancia se llevó mucho más que a unas simples antiprofesionales. Con ella se fue la escasa esperanza de que con la pandemia iban a cambiar las cosas en cuanto a la consideración de los ancianos de las residencias. Y no es una simple cuestión política, fruto de la demagogia y la entelequia forzada; no es solo eso, es una sombra inhumana que procede de aquellos que en lugar de atender a los más frágiles tal y como nos recuerdan los códigos éticos y deontológicos, discriminan, dejan de atender a los pacientes por cuestiones personales de acervo nihilista, inhumano y deshumanizador.

Al día siguiente, muy temprano, el médico de la residencia de la compañera fue a atender al señor objeto de la grave atención de los "no-compañeros". Tras explorarle detenidamente y tras retirarle el fármaco prescrito para la sedación por la "no-médico" que acudió la madrugada anterior, le prescribió oxigenoterapia en gafas nasales, antibiótico, y sueroterapia para mantener la vía mientras se seguía su evolución en las siguientes horas. A mediodía el paciente saturaba al 97% sin gafas nasales, y se despertó con sed, no tenía fiebre. Por la tarde se le retiró el oxígeno y se comenzó la tolerancia a sólidos.

Mientras la compañera nos contó este tristemente no extraño relato, muchas de las presentes, las que menos tiempo llevaban trabajando en residencias, se echaban la mano a la boca ahogando un grito de asombro mezclado con rabia. Para otras, las que ya llevamos en esto muchos más años que ellas, la pesadilla no nos resultó nueva. Sabemos que cada vez que llamamos al 112 por la noche o durante los fines de semana puede acudir cualquier desaprensivo, y no solo compañeros que nos aprecian y que nos apoyan en lo que pueden.

Hace unos meses aproveché un cambio en mi estatus laboral para reciclarme en emergencias extrahospitalarias. Durante la excelente formación que recibimos, tanto por parte de médicos como de enfermeras y TAS, se nos trató como lo que somos, compañeros. Me llamó especialmente la atención que un enfermero con muchos más años de evidente experiencia en emergencias extrahospitalarias que el resto, insistiera que nunca debemos olvidar que atendemos a personas cuya vida está en grave riesgo. Nos recordó que salvar vidas es esencial en esos momentos, pero que esto se desvirtúa cuando dejamos de tratar a los pacientes como lo que son, personas asustadas. Me encantó que dentro de los criterios de evaluación se contemplara el grado de humanización mostrado por el profesional hacia el paciente. Recordado esto es más que evidente que es presuntuoso y ofensivo para muchísimos compañeros de emergencias del 061 afirmar que por el mero hecho de serlo son inhumanos. Más bien todo lo contrario. Pero tampoco debemos obviar que entre sus filas hay, además de personas, personajes sacados de la peor película de terror. Como las dos "no-compañeras" que esa noche acudieron a la residencia de mi compañera. Me niego a aceptar que nadie sepa como se las gastan estas dos entre sus compañeros de servicio. Me cuesta aceptar que estas se llamen profesionales sanitarias como el resto, más si cabe cuando ponen en entredicho la honorabilidad de los demás.

Desgraciadamente, no es una anécdota más. El otro día leí en un hilo un twiter de un chaval que decía algo así "quien no sea capaz de subir a un tercer piso sin ascensor sin perder el resuello al llegar arriba, cargado con su bolsa de trabajo, debería pensar en irse de las emergencias extrahospitalarias". Es una pena como chavales jóvenes confunden gimnasio con universidad, vocación con porcentajes de supervivencia. Cada vez se ven más en emergencias extrahospitalarias sanitarios que piensan que son bomberos. Personas que confunden la expresión "evitar la muerte de manera inminente" con aquella mucho más vocacional y trascendental tal que "salvar vidas".


Desde mi punto de vista el problema es la falta de formación posgrado en ética asistencial, que suele sustituirse por el simplismo argumental y la ética de bolsillo. Aquí, cualquiera que haya visto una película sensiblera se cree capaz de debatir acerca de la ética de la acción. Probablemente sea algo involuntario, no lo dudo. Si el sistema de formación práctica que actualmente utilizan las universidades es casi de presencia totalmente hospitalaria, y esta es de tipo anglosajona, el riesgo está  más que asegurado.

Es indiscutible que la ética asistencial trasciende a la mera bioética. Ya no es suficiente con hablar de la ética aplicada a la sanidad, cuando hemos comprobado que no suele existir reflexión ética global previa. 


En este escenario los profesionales formados en la actuación basada exclusivamente en la protocolización tienen muy difícil eso de sacar tiempo para la reflexión filosófica. Y no solo es una cuestión de tiempo medido en minutos u horas, sino de la necesidad de hacerse la pregunta fundamental: ¿lo que estoy haciendo es bueno para mi paciente, para la persona humana que él/ella es para mí?. 


Faltan foros de discusión acerca de estos temas, como los problemas éticos al final de la vida, los que ocurren en las residencias de mayores, pero también en las puertas de urgencias cuando allí van a para muchos mayores desde sus casas y residencias.


Creo que eso es lo que le pasó a las "no-compañeras" que esa noche fueron a atender al señor, al paciente de mi compañera de una residencia. Si solo tenemos protocolos basados en evidencia científica para atender y clasificar a los pacientes (recuerden, paciente no procede semánticamente de paciencia, sino de sufrir, paciente significa sufriente, doliente), se corre el riesgo de dejar de verlos como personas y empezar a verlas como casos, individuos, objetos de un estudio cualquiera. En este escenario, intuyo que las "no-compañeras" confundieron expectativa de vida con esperanza de cuidado. Estar frente a un paciente con casi noventa años, frágil y afectado de un cáncer avanzado, limita tanto las intervenciones que en ocasiones parece que lo más adecuado es no hacer nada. Confundir no hacer nada con sedar son palabras muy muy mayores.

La sedación es un procedimiento clínico sujeto ética y legalmente a las mismas reservas, con diferente intensidad se entiende, que cualquier otra intervención. Requiere un estudio de la situación basal y actual del paciente; precisa de una ponderación de las consecuencias. No solo es un procedimiento excelente de analgesia. Es un procedimiento ordinario en según que ámbitos, como las emergencias, cuidados intensivos y en cuidados paliativos, entre otros. Por este motivo está muy regulado legal y éticamente. 


No pude ser, como en el caso del señor de nuestro relato, una manera de sustituir otra intervención, como llevarle al hospital para hacerle una placa de tórax, y una analítica de urgencia, y a partir de ahí tomar decisiones compartidas con el paciente y su familia, pero siempre teniendo en cuenta qué es lo que quiere el paciente y cuando. Debe estar informado el paciente previamente y debe dar su consentimiento expreso; y si no puede debe solicitarse este consentimiento a la familia, salvo en situaciones de fuerza mayor justificables. La sedación así entendida es una manera instrumental más de humanizar la atención y la vida, pero sabiendo que forma parte de esta misma intervención, y no la sustituta de la intervención misma. En este caso, que es lo que hizo la "no-compañera" medica de nuestro relato, la sedación es de manera paradójica una forma de deshumanización de la atención en su ámbito, este es el de las emergencias extrahospitalarias.

Desgraciadamente, los miles de mayores muertos en las residencias durante la pandemia parecían que iban a servir para azotar conciencias, la de los despachos y las que a veces van subidas en ambulancias. Pero no, más bien parece que la necesidad de volver a cierta normalidad supone una vuelta a la pesadilla.

Aquí seguiremos, denunciando estas situaciones, con el único ánimo de intentar cambiar las cosas, de servir de Pepito Grillo a muchos compañeros que como Pinocho, necesitaban que alguien les recordara la necesidad de hacernos preguntas trascendentales en beneficio de nuestro paciente. Esto, en definitiva, es el único camino para encontrarnos con nuestra vocación. Preguntándonos como sirvo a las otras personas que sufren y padecen sabré cuanto de humano hay en mí proceder.

A los compañeros de emergencias extrahospitalarias, los de urgencias hospitalarias (esos que siempre dicen que los mayores de las residencias los enviamos desnutridos y deshidratados, ¿porqué pensáis que os los derivamos?), a los de planta, estoy seguro que mis compañeras de residencias, como yo mismo, estaremos encantadas de recibiros en los centros para contaros como atendemos a los mayores frágiles, pacientes crónicos complejos y avanzados, y así podremos coordinarnos con vosotros. Ya veremos cuantos venís...

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