También lloramos

Hace años que llevo trabajando dedicado a cuidar a otras personas. Profesionalmente, a personas mayores, y personalmente a todas aquellas a las que puedo, como mejor he sabido, aunque soy consciente de que no lo he conseguido siempre. A veces, se me pasa por la cabeza, como una nube viajera atravesando la tenue luz del sol de otoño, ese pensamiento insolente y soberbio que dice aquello de que ya todo está visto, que las personas somos predecibles, para lo bueno y lo malo, que la experiencia vivida es más que suficiente para “saber” todo. Es uno de esos pensamientos que nos hacen humanos a más de siete mil millones de primates superiores, esto es imperfectos, a Dios gracias.

Afortunadamente, a diario la inmanencia del sentido que acerca de la vida se nos ofrece nos trasciende, y al menos a mi me sorprende una y otra vez. En este escaso mes, transcurrido desde la ultima entrada al blog, me han ocurrido cosas muy emocionantes que han estimulado la reflexión interior.

La primera no ocurrió hace mucho tiempo, una semana a lo sumo, creo. La protagonista del relato fue una chica que aspiraba a trabajar en uno de los centros para personas mayores que actualmente gestiona la asociación para la que trabajo. Durante la entrevista, tras preguntarle sobre su actitud acerca de las actividades que se desempeñan en la categoría profesional a la que aspiraba, la de gerocultora, nos dijo que intentáramos ponerla en un puesto en el que no tuviera que cambiar absorbentes de orina (y de heces, se entiende) o lavar a los ancianos. Cual sería nuestra cara de sorpresa, que la chica se apresuró a añadir que esto era así porque le da asco el olor de los excrementos y del sudor, y de todo lo “viejo” en general, “como a todo el mundo, supongo”, agregó. Huelga decir que por supuesto, con mucha educación, la invitamos a terminar con la entrevista ya que teníamos claro que no pensábamos contar con ella. Lo triste de toda esta circunstancia es que la chica no parecía defender su postura con suficiencia ni insolencia, no, simplemente quería aclararla, muy educadamente e intentando argumentar lo que afirmaba; esto fue lo realmente triste: que creía firmemente en lo que decía. De corazón le agradecí que nos lo hubiera dicho en ese momento, cuando debíamos decidir sobre su incorporación, en lugar de dejar que las responsables del centro nos advirtieran después de tan grave comportamiento, y entonces habernos enfrentado a una situación que nunca es agradable, nunca. La cuestión no es el diálogo ni el argumento esgrimido por la chica, sino otra de mayor calado. Mi preocupación, la que motiva entre otras esta entrada del blog, es reflexionar acerca de como una persona llegó a terminar unos estudios que desde el principio se sabe que van destinados a realizar cuidados a personas que no pueden realizarlos por si mismas, en situaciones de especial vulnerabilidad, como es la enfermedad o la vejez (que no es una enfermedad en sí, recordemos), sin que nadie advirtiera su repugnancia hacia lo que se supone que debía hacer, o sin que ella misma se hubiera hecho eco de que su vida profesional iba de la mano de su compromiso personal con lo que hacía y a quien se lo debía hacer. Tras este triste encuentro me surgieron numerosas preguntas entre las que destaco las siguientes: ¿cómo es posible que haya personas que sin gustarle se metan a estudiar profesiones relacionadas con la curación y/o el cuidado de otras personas?¿como se puede ir a trabajar cada día sabiendo que te repugna aquello que da sentido a tu presencia personal en tu profesional?.

Mientras reflexionaba sobre todo esto recordé a Purificación Yepes, una compañera enfermera de la UCI Pediátrica del Hospital Virgen de la Arrixaca, de Murcia. Tuve el inmenso honor de escuchar su testimonio en una mesa llamada “Apoyo al duelo”, dentro de unas preciosas jornadas sobre Duelo organizadas por Mireilla Rosique, enfermera de cuidados paliativos pediátricos del referido hospital. No pude evitar emocionarme al escuchar las preciosas palabras de mi compañera enfermera Puri. La expresión de sus sentimientos en torno al sentido de su trabajo, y de lo que para ella representaban sus pequeños valientes en el día a día en la unidad, han quedado en mi memoria como el mejor argumento para seguir diciendo con orgullo que soy enfermero por y gracias a los pacientes. Gracias Puri, de corazón.

Imitando desde la humildad a mi compañera intentaré responder a las preguntas que me planteaba a mi mismo tras la entrevista con la chica que aspiraba a un trabajo en una residencia de personas mayores de la que hablaba más arriba. A veces, cuando digo cual es mi trabajo y el de mis compañeras cuidando a personas mayores en una residencia, percibo como la otra persona pone cara como de desaprobación, antes de decir aquello de “no se como podéis trabajar en un sitio así; menos mal que hay gente como vosotros que al menos les dan de comer y les lavan la caca a esos pobres viejos; ojalá yo me muera antes de llegar a eso”. Otras personas, con las que comparto profesión me han dicho alguna vez: “no entiendo, con lo que a ti te gusta la enfermería que no aspires a algo más que a estar con abuelos en un asilo”, y también han dicho por ahí, no a mi, eso de: “todo el mundo no vale para todo; hay gente (refiriéndose a las compañeras enfermeras) que no vale para estar en un hospital y por eso están en una residencia; tiene que haber de todo”. De las que más de duelen son esas expresiones del tipo: “yo no aguantaría estar ahí, todo el día con locos y dementes, limpiando babas, y oliendo a pañales mojados”. Tras escuchar a Puri, y a la chica de la entrevista, y acordarme de esas expresiones que he resumido mucho, creo que es bueno que diga lo que pienso sobre mi trabajo, el de mis compañeras enfermeras, y sobre las personas a las que dedico mi tiempo y esfuerzo, con más o menos éxito.

En esta profesión, la de cuidar, limpiar las miserias humanas a una persona mayor no es una cuestión de elección tras haber escogido ser enfermera. Va todo en el paquete, juntito, cuando decidimos estudiar esta carrera, y no otras. No es cuestión de gustos o preferencias, no, sino de saber ver lo más importante: la vulnerabilidad humana; y lo que es todavía más importante, como nuestra actitud ante ella va a ayudar a una persona en la misma medida que la puede hacer sufrir si no recordamos constantemente qué es lo que da sentido a nuestra presencia junto al que sufre. A nosotras, las enfermeras de las denostadas residencias, se nos mueren todos nuestros pacientes. En nuestro trabajo no se le da el alta a nadie para volver a casa por mejoría o curación; esto nos somete en no pocas ocasiones a situaciones de mucho estrés, y emocionalmente nos afecta ver morir a personas con las que nos hemos estado esforzando cada día con el fin de establecer vínculos personales que les ayudaran a sobrellevar de la mejor manera la experiencia cotidiana de vivir con personas extrañas en un lugar que no es ni será nunca su verdadero hogar. Cuando vienen a las residencias lo hacen padeciendo muchas patologías, y mucha, muchísima soledad (a veces estando acompañados) y nos necesitan para casi todas las actividades fundamentales de la vida. Entre estas se encuentra el comer, y también el asearlas y bañarlas cuando sus esfínteres cumplen, dificultosamente, con su función fisiológica sin que ellas los puedan controlar. Nadie se plantea (al menos sin ser criticado) lo asqueroso que puede ser para un padre/madre limpiar las heces, o los mocos de sus hijos. Es algo que hay que hacer y ya está; porque la recompensa no está en el placer/displacer de la tarea, sino en lo que supone para la otra persona el ser ayudado en esto.

Me ofende que a mis compañeras gerocultoras, las auxiliares de las residencias y centros de día, algunas personas las llamen “limpiaculos”, en un tono despreciativo; sé que la mirada de muchas personas mayores después de quitarles la suciedad, es distinta a la los otros que pueden ir al aseo solos, es una mirada especial, entre la vergüenza, la tristeza y el agradecimiento. Me gusta ser enfermera de residencia, aunque desde hace algunos años mis tareas diarias se desarrollen más en la gestión; me sigo sintiendo enfermera geriátrica. Sé que sirvemos para algo cuando voy a una residencia y los mayores recuerdan mi nombre, como el de mis compañeras, y quieren que me siente con ellos porque dicen que “hace tiempo que no quieres cuentas, ¿es que te pasa algo con nosotras Carmelo?”, o cuando mi Emilio me dedica una sonrisa y un fuerte abrazo, con un cuerpo que ha envejecido mucho más rápido que su mente de niño, y seguidamente me pide que si veo a su hermano le diga que vaya a verlo. Sé que mis compañeras y yo hemos hecho algo bien cuando a pesar de que la mayoría no saben donde están, por padecer una demencia, ni saben quienes somos, se nos cuelgan del brazo para que la acompañemos al comedor. Me siento orgulloso de ser enfermera de residencia cuando veo que mis compañeras, como yo, se quedan un ratito para acompañar a María, porque está muriendo y no tiene quien le coja la fría mano antes de emprender el viaje más trascendental de nuestra vida. Sé que no me he equivocado de profesión cuando discutimos entre nosotras por darle el mejor cuidado a los mayores; también cuando he visto sus ojos enrojecidos tras despedirse de mayores apunto de fallecer, al salir del vestuario o de la enfermería, donde han ido para que los otros (incluidas las otras compañeras) no las vieran. Nosotras, las enfermeras y las gerocultoras, también lloramos, porque también somos personas con emociones y sentimientos. Y esto, lejos de parecer una señal de poca profesionalidad, nos hace más humanas, porque lo somos. 

Escuchando a Puri Yepes, mientras hablaba de sus vivencias con niños gravemente enfermos, me sentí reafirmado en mi opinión de que la enfermera no sabe de edades ni de enfermedades. Nuestra profesión es una de las más importantes que existen; consiste en acompañar a otras personas humanas en su sufrimiento, lo cual nos ofrece la oportunidad de ser mejores personas cada día, y eso siempre es un regalo.

Tras esta reflexión, ahora que lo pienso, lo mismo estaba escrito en algún sitio que aquella pobre chica viniera a una entrevista de trabajo, tanto como el haber estado cuando Puri Yepes nos dedicó aquellas bellísimas palabras. Lo mismo ellas forman parte de una de mis misiones en la vida: que la personas que dediquen su tiempo al que sufre reflexionen sobre ello.

Comentarios

  1. Es triste.... Esta chica solo ha visto la parte más superficial de su profesión..quitar un pañal, asear un enfermo o anciano.... Olvidando la parte más profunda y la razón de ser lo que es..sea enfermera, físio, auxiliar de enfermera,... .. Olvidando lo esencial de dedicarse a lo que se dedica y eso es sentir lo bonito que es cuidar y lo necesario que es acompañar.. Aunque sea triste y a veces nos haga llorar.

    ResponderEliminar
  2. Que pena de chica, no sabe lo que se ha perdido!!!!! Cariño, sonrisas, abrazos y una gran satisfacción todos los días al salir de su trabajo. Las personas mayores, al igual que cualquier otra persona, necesitan cariño y ayuda. Y todas las personas llegaremos a ese momento. Y yo, lo tengo muy claro, me iré a una residencia, sólo le pido a dios, que hayan personas como las muchas que conozco y trabajan en residencias, y en hospitales, tan maravillosas!!!! Y se les nota que lo hacen con todo su cariño.

    ResponderEliminar
  3. Que pena de chica, no sabe lo que se ha perdido!!!!! Cariño, sonrisas, abrazos y una gran satisfacción todos los días al salir de su trabajo. Las personas mayores, al igual que cualquier otra persona, necesitan cariño y ayuda. Y todas las personas llegaremos a ese momento. Y yo, lo tengo muy claro, me iré a una residencia, sólo le pido a dios, que hayan personas como las muchas que conozco y trabajan en residencias, y en hospitales, tan maravillosas!!!! Y se les nota que lo hacen con todo su cariño.

    ResponderEliminar
  4. Gracias Carmelo, por enviarme ésta, tu gran reflexión sobre tu trabajo y el de tus compañeras de trabajo, aparte de ser una gran profesión, se debe tener vocación para ello. Recuerdo las palabras de mi padre, sobre las personas mayores. Las personas mayores y los niños, son los seres más indefensos, por ello necesitan de nosotros, nuestro apoyo, nuestro cariño y el cuidado con conlleva todo ello.Esa muchacha de la entrevista, seguro que no se acordaba de las veces que su madre o padre, le habría limpiado sus heces y orines, sin esperar nada a cambio, más que su sonrisa, que lástima que hayan personas, que piensen y actúen así, más siendo enfermera. Un abrazo

    ResponderEliminar
  5. Cualquier profesión ha de ser "vocacional" pero si cabe, las relacionadas con la rama de la salud lo han ser mucho más, por razones obvias, y me atrevería a decir que, "muy especialmente" aquellas relacionadas directamente con las necesidades de nuestros mayores.
    En este sentido, tu articulo, Carmelo, no tiene desperdicio alguno, para cualquier persona con un mínimo de sensibilidad.
    Tan solo puedo añadir mi más profunda admiración para quienes se entregan en cuerpo y alma , a estas personas, yendo más allá de lo "laboralmente exigible", porque las personas mayores, a pesar de sus limitaciones, fisicas, mentales, etc... en muchas ocasiones, sí "detectan" y muy bien a quienes realmente están por facilitarles sus últimos días, ofreciéndoles un positivismo que saben agradecer.
    Tengo dos hijas, que están estudiando en la rama sanitaria, y espero y confío en que estén a la altura tanto profesional como moral, de saber que su profesión, puede ser de lo más gratificante a título personal, si así lo saben entender.
    Carmelo, gracias por este artículo.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

Objetar es humano

Culpables por amar...

Humanizar las emergencias no es sedar