Un año de eutanasia: nada que celebrar

UN AÑO DE EUTANASIA: NADA QUE CELEBRAR


Durante este fin de semana se cumple un año de la entrada en vigor de la tristemente famosa LORE (acrónimo de Ley Orgánica de Regulación de la Eutanasia). En distintos medios de comunicación incluso se habla de la "conmemoración del primer año de eutanasia". Es triste escuchar y leer términos como "celebración" cuando de lo que se está hablando es de la muerte. Considerar que proporcionar la muerte a una persona es algo que celebrar/conmemorar es muy difícil de asumir.

Se me hace difícil hablar de eutanasia, y no lo digo por el concepto en sí, sino por el nuevo significado que se le ha dado al término. Cuando yo empezaba a estudiar bioética, hace ya algunos años, eutanasia solo tenía un significado incuestionable: el buen morir, la forma más adecuada de finalizar nuestra existencia tal y como la conocemos, sin el sufrimiento derivado del dolor físico, acompañado, considerado mucho más que un mero paciente, un ser tan humano como el que le cuida. Pero tuvo que venir la ponzoña del empleo malintencionado y políticamente interesado del término eutanasia para que sorpresivamente al usarlo ahora nos refiramos a proporcionar la muerte a otra persona, bien a través de la administración de fármacos por parte de los equipos sanitarios o bien dándole una medicación a la persona enferma para que ella se la tome y muera inmediatamente después. Esa no es "mi eutanasia". Nos han robado delante de nuestras narices la palabra, y con ella su único y verdadero significado. Por ello, la eutanasia de la LORE no es mí eutanasia, sino la de aquellos que la fabricaron y votaron sin consultar con el Comité de Bioética de España, ni con los Colegios profesionales, ni con las sociedades científicas, ni con las asociaciones de pacientes de uno y otro parecer. La votaron solo con la ventaja que les proporciona una mayoría parlamentaria, aunque fragmentada, la misma que inicia todos los totalitarismos.


Un año después de la entrada en vigor de la Ley 3/2021, la LORE, yo también quiero hacer un repaso sobre cómo considero que nos ha afectado, tanto a nivel personal como a nuestra sociedad. Para ello, tengo claro una serie de preceptos, y el más destacable es que sin hablar de ética es muy difícil razonar de manera argumentada sobre la eutanasia y la LORE. Sin elementos intelectuales de reflexión el ser humano solo utiliza criterios que refuerzan su postura gregarista, su particular visión y defensa de una vida en manada. Esto, sin ir más lejos, es lo que suelen hacer los hinchas de los clubs de futbol, identificarse como miembros de algo, una idea, un valor concreto, ya sea por la necesidad de pertenecer a un grupo, o para justificar ante el resto su postura previa sin lugar para la enmienda del error, el cambio de postura necesario para avanzar en la vida. Esa rigidez intelectual, muchas veces derivada de otros problemas y traumas emocionales y que en determinados casos se convierte en neurosis narcisista y obsesiva, es la única responsable de la defensa de la agresión al hincha del otro club, aunque la refriega haya acabado con sangre y su muerte. Es el mismo criterio que utilizamos cuando vamos a votar, esto es, a elegir a un candidato que previsiblemente va a gestionar nuestra manada, no tanto por lo bueno que sea sino por estar más cerca o lejos de nuestra postura personal, influenciada por traumas y experiencias previas; esto es lo mismo que justifica que algunos voten a un bando u otro porque "los otros" mataron a su padre en una guerra de la que solo nos acordamos cuando interesa a "estos", o porque en tiempos de los "suyos" en este país se podía dormir con la puerta de la casa abierta.


En algunos medios de comunicación se han publicado durante esta semana varios artículos en relación al grado de implantación de la LORE. Es duro recordar que "implantación" es, en ese contexto, lo mismo que administrar la muerte a una persona. En este último año se han practicado 171 eutanasias en España; dependiendo de cual medio de comunicación leyeras, unos se han limitado exclusivamente a informar, mientras que otros han dejado entrever una clara ideología mediática en relación al tema; para estos últimos la aplicación ha sido "desigual", como si la igualdad fuese la característica que define al modelo federal de autonomías. Pero es que, además, los datos no se han expuesto de manera clara. 


Ejemplo de ello es la ausencia de una referencia concreta a aquellas eutanasias que tras haber sido solicitadas finalmente no se han practicado, ni rechazado, que supone un total de 104 casos, lo que comprende un 31% de las solicitudes, o lo que es lo mismo, 1 de cada 3 personas que la solicitaron. Esto solo se puede deber a que los enfermos han cambiado de opinión durante el proceso, muy posiblemente porque se les ha facilitado una vía terapéutica alternativa, más  adecuada en su contexto de enfermedad que la que le proporcionaron previamente, o bien porque han muerto por su enfermedad antes de que se pudiera avanzar en el proceso, aunque este número probablemente sea poco significativo, solo en términos estadísticos por supuesto, ya que en prensa también se ha afirmado que ha habido una alta presencia de pacientes NO terminales. Pues eso, cuidadito con lo que leemos en relación a datos y números sin tener una calculadora a mano, sobre todo si estos son utilizados para adoctrinar en una determinada postura a esta sociedad borreguil nuestra.


Precisamente la clara
 polarización de las posturas frente a la ayuda médica a morir de una persona, evidencia que este es un tema que requiere el auxilio urgente de la ética, y dentro de esta la de la bioética. Es curioso, como poco, que por parte del gobierno y los partidos políticos implicados, se obviara escandalosamente durante la tramitación de la LORE a las más altas instancias de este país en cuanto a la Bioética se refiere. Nuevamente, en los medios de comunicación se ha podido leer titulares y artículos que "utilizan" los sentimientos y emociones de las personas enfermas y sus familias para influenciar a favor de la práctica de la eutanasia, o como mínimo para frenar cualquier crítica a la misma. Así, al menos, es lo que se puede comprobar cuando en Es País se podía leer un titular en el que tomaban las palabras de un hijo que hablaba así: "no es fácil morir así, pero ella [su madre] ya no estaba en esta vida y no quería estar". Ya es bastante conmovedor verificar el sufrimiento de un hijo que ha perdido a su madre es palabras de inmenso dolor emocional. Pero lo que argumenta en el interior del artículo es muy preocupante al tiempo que por este motivo nos lleva al terreno de la ética general. Por lo visto, su madre había expresado que la vida para ella en este mundo debía "incluir la capacidad de sentir, pensar y elegir, de comunicar y compartir"; estas palabras nos llevan de una manera clara a una empatía enorme con lo que debe ser la vida, no solo para esta mujer, sino para todos los seres humanos, provocando una verdadera "identificación" emocional que nos lleva a estar "de su lado". La cosa se agrava cuando de una percepción particular de la vida se extienden otros pensamientos muy complejos: "no puedo considerar como válida no e calidad suficiente aquella vida que me impide desarrollar, con autonomía razonable, las actividades básicas de la vida cotidiana, porque sería incompatible con mis creencias y valores el permanecer de modo permanente e irreversible con esa calidad de vida en grado mínimo e irreversible". 


De manera inevitable estas palabras nos llevan a reflexionar acerca del concepto "calidad de vida". Su uso, si bien es muy coloquial, supone una gradación de la vida, en cuanto a satisfacciones o necesidades cubiertas, percibida por la persona sobre sí misma. Hay grandes problemas que suelen darse en relación a este concepto. Uno de ellos es su uso por terceras personas (políticos, sanitarios) para generalizarlo a toda la existencia humana (la calidad de vida de las personas) de tal modo que la propia persona ya no sabe diferenciar su grado individual de plenitud o satisfacción personal con la vida que ella pensaba que quería vivir, sino que empieza a comparar su vida con aquella que otros (líderes de opinión: políticos, personajes influyentes, redes sociales, los medios de comunicación, por ejemplo) dicen que debería vivirse, y que en nuestra sociedad actual suele estar ligada a valores utilitaristas, tesis sociobiológicas, el éxito profesional, tener un coche caro, una casa gigante, ser "totalmente libre" e "independiente", sin enfermedades, jóvenes y guapos; valores más propios de una sociedad enferma que solo se fundamenta en lo material, en lo económico, en el hedonismo pasajero e inmediato, alejada de lo trascendental, lo espiritual, en definitiva de la ética personalista. 

Visto esto, se hace necesario argumentar, no tanto desde la visceralidad de los traumas y las emociones que conlleva, sino desde la reflexión intelectual, que no a todos gusta e interesa, de aspectos tan cercanos, al tiempo que lejanos, como son la ética y la moral. Desde esa mirada es perentorio reflexionar acerca del concepto "persona humana", tan utilizada por la persona enferma a la que se le administro la muerte tal y como la solicitó previamente, como por su hijo durante la entrevista. Para ello, debemos recordar a un conocido intelectual, Peter Singer, padre de la bioética utilitarista anglosajona, la que se suele aplicar en muchos hospitales norteamericanos, británicos, y tristemente cada vez más en los españoles. Según sus tesis, persona humana solo es aquella que tiene capacidad manifiesta y actual de autociencia y razonamiento intelectual, y por ello solo ellas estarían dentro del debate ético, y no el resto. Ah, pero ¿a qué resto se refiere Singer?; para Singer, los mamíferos con una ratio de encefalización (razón entre la masa cerebral promedio de una especie con su masa corporal total; la humana está en torno a 9) más o menos similar a la humana serán considerados "personas no humanas", y pone como ejemplo a los chimpancés, gorilas, ballenas o delfines. Además, Singer califica como "miembros de la especie humana no personas" a bebés, fetos, personas en coma, con discapacidad intelectual o aquellas con demencia, por ejemplo. Ni que decir tiene que no estamos en nada de acuerdo con estas tesis nihilistas y discriminatorias del ser humano.

Nos debería preocupar, y mucho, que en muchas facultades y campus de ciencias de la salud de nuestro país la bioética que se enseña en los últimos años sea la utilitarista de Singer, en lugar de profundizar en bioéticas de corte personalista, o aquellas basadas en la virtud humana; estas no son plato de buen gusto para aquellos con una visión materialista, cientificista y por ello nihilista del ser humano, porque les obligaría a alejarse del mundo trascendental, el de la DIGNIDAD HUMANA, que es un atributo del ser humano por el mero hecho de serlo desde su concepción hasta su muerte, y por ello sujeto de respeto, tal y como dice la Declaración de Bioética y Derechos Humanos de la UNESCO. Para los utilitaristas el enemigo público a batir es aquel que defiende la dignidad como lo hacen algunas religiones, asociando la defensa de valores y creencias a una triste involución intelectual y cretinismo. Que pena.

Tras un largo año, he conocido y debatido con numerosos compañeros en diferentes y enriquecedores foros sobre las bases y repercusiones de la entrada en vigor de esta ley, la LORE. He hecho muchos amigos también entre aquellos con visiones no tan trascendentales como la que defendemos algunos. Todos tenemos claro que, tras su puesta en marcha por votación favorable en el órgano soberano de los ciudadanos españoles (Las Cortes) debemos dejar a un lado opiniones de terceros (incluso la de algunos maestros y gurús), debemos reflexionar sobre nuestros propios valores y principios, los mismos que hemos defendido hasta ahora en nuestra labor asistencial, y buscar la mejor manera de dar valor a la persona que va desesperada y desesperanzada a la consulta a pedir que le administren la muerte.


La muerte jamás podrá ser una solución más. Todos debemos morir, nos guste o no, sin que sepamos la fecha y hora cierta, y por ello este hecho no debe ser incluido como una alternativa más, al menos desde un punto de vista ético. No es posible que estemos asumiendo como sociedad, y profesionales sanitarios, que ayudar a administrar la muerte a un paciente que la pide no es ser consecuente con la idea de suicidio. No hay diferencia entre aquella pobre persona que hoy sin solicitudes ni papeles decide acabar con su vida y aquella que mañana acudirá a la consulta de su médico a pedirle los formularios para la eutanasia. No es asumible que se esté exigiendo un plan de choque para hacer frente al aumento de suicidios entre adolescente y personas mayores y al mismo tiempo estemos defendiendo la libre elección de la muerte entre aquellos con patologías incapacitantes. ¿es que los primeros no son enfermos o no se les considera enfermos si se consigue parar el acto suicida?. 

Estoy seguro que la verdadera alternativa es el sentido de vivir, desde el punto de vista de Frankl. Debemos trabajar intensamente para encontrar fórmulas que ayuden a nuestros pacientes, personas humanas que sufren y padecen, a encontrar sentido a sus vidas, aun dentro de la dificultad y de la tristeza de la enfermedad.

Así que no, definitivamente no tengo nada que celebrar querido lector. Más si cabe cuando de personas y muerte hablamos.

Comentarios

  1. Buen trabajo, bien argumentado. NADA QUE CELEBRAR, totalmente de acuerdo y muy buen título.
    Cuidar la vida en los momentos más frágiles nos hace más humanos. Quitar la vida no es un servicio a la sociedad, ni una prestación sanitaria.

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