La guerra de los olvidados

Durante estos días nos vemos invadidos nuevamente por los medios de masas. Estamos saturados por información que se ha convertido en mucho más que un simple relato de hechos históricos, ya sean políticos o sociales.

Es curioso comprobar cómo de la pandemia, que nos estaba aniquilando sistemáticamente, pasamos a los líos intestinos en el Partido Popular, y de ahí, desgraciadamente estamos en Ucrania y su salvaje ataque por parte de una potencia nuclear. En este país del Este es donde por ahora no detendremos.

Millones de personas se han convertido de una semana para otra en refugiados; probablemente, todas esas personas no terminarán de creerse que hace un mes estuvieron plácidamente tomando un café en cualquier plaza o bar de su ciudad y actualmente estén pidiendo ayuda para que alguien les acoja bajo su techo. No es solo cuestión de un techo. Han perdido mucho más que eso; han dejado en Ucrania su identidad y su hogar. Hace años estuve en campos de refugiados con una oenegé tanto en Jordania como en Grecia. 


Jamás podré olvidar las miradas de aquellas personas. Las de los niños, preguntándose porqué no podían hacer las mismas cosas que hacían los niños de la televisión, y que ellos mismos practicaban no hacía tanto. La de los adultos, los padres y madres, cuyas miradas estaban perdidas buscando sentido a todo lo ocurrido, recordando los asesinatos de familiares a manos de sus propios vecinos. Pero las que más me impactaron fueron las de los mayores. Esos ojos son difíciles de olvidar. Miradas de desconfianza, de hartazgo. Pero si algo sorprendente vi en los mayores fue que ellos eran la principal fuente de esperanza, tanto para sus hijos como para sus nietos. Esperanza de seguir siendo ellos mismos, de no ser engullidos por culturas que aun con buena voluntad podrían terminar con su identidad como pueblo y como personas. Esperanza de poder empezar de nuevo en otro lugar del mundo a miles de kilómetros del lugar que les vio nacer y de donde tenían enterrados a sus antecesores. Los mayores se convierten así en la principal fuente de sabiduría, de coherencia y de integridad de un pueblo, de cualquier pueblo.

Esto me lleva a reflexionar acerca del papel que los mayores juegan en una sociedad como la nuestra, que mira los desastres del mundo por la misma ventana por la que ven películas y reality-shows cutres. 


No me resulta fácil entender cómo la misma sociedad hedonista que cada día piensa menos y consume cualquier cosa puede hacernos creer que sufre ante el dolor de millones de personas, no solo el de las ucranianas, también las del hemisferio sur desplazadas del reparto mundial de vacunas anti-covid, o las sirias todavía encarceladas en campos de refugiados griegos y turcos. La única explicación que se me ocurre es la culpa que todos manifestamos en lo más hondo de nuestra conciencia, cuya voz a menudo intentamos callar realizando actos secundarios como echar la ropa que nos sobra en el armario en el contenedor de las oenegés.

Quizás por todo ello no vea con demasiado optimismo la creación de una nueva normalidad social tras la pandemia en nuestro país, y concretamente en lo concerniente a las residencias de mayores.


Recordemos que hace tan solo unos días se celebraba, cada vez por menos personas y más partidos políticos, el día de la mujer trabajadora. No puedo evitar recordar a las mujeres de mi familia, algunas ya fallecidas, que se han dejado literalmente la piel para que su descendencia tuviera una oportunidad. También ayer mismo celebrábamos el día del padre; festividad esta última cada día más laica y quizás por ello menos fraternal y más comercial. Las casas y las residencias también están llenas de padres, que lo fueron y lo son mientras vivan, y de mujeres trabajadoras, no solo en empleos miserables, también las que nos cuidaron trabajando en sus propias casas.


En España también tuvimos nuestra guerra, triste y genocida como todas las guerras. Millones de personas fallecieron durante la contienda de ambos bandos; padres, hijos, nietos, sobrinos, hermanos. Millones se exiliaron convirtiéndose en refugiadas, parias sin patria, como los sirios y los ucranianos. También millones se quedaron en un país destrozado, inmersas en un nuevo orden, o desorden. Pero todos, los combatientes, los refugiados y los que se quedaron, tenían algo en común: el instinto de protección de su bien más querido, la familia. Impresiona la similitud entre las imágenes de la guerra de hace casi un siglo y las de hace tan solo unos pocos años o semanas. Cuantos ancianos aparecen en las fotografías de todos los conflictos, cuidando y guiando a los más jóvenes y a las familias.

Ello me lleva a pensar en el papel protagonista de los mayores en la reconstrucción social de su pueblo, allá donde vayan, allá donde encuentren un refugio para ellos pero sobretodo para sus familiares más jóvenes.

Mi abuela me enseñó a esperarme a que mis hermanos pequeños hubieran terminado de comer antes de saciar mi hambre; ellos, los más vulnerables debían estar bien nutridos, y por ello ellos debían ser los primeros en comer. Todavía recuerdo la indicación de preguntar a todos los presentes antes de comerme la última loncha de salchichón que pudiera haber en el frigorífico. Hoy sé que aquellas enseñanzas eran mucho más que un entrenamiento del instinto de supervivencia; eran un despertar al sentimiento de solidaridad entre las personas.


Quizás por todo lo anterior me cuesta entender cómo después de una pandemia mundial donde en nuestro país los ancianos de las residencias han sido especialmente afectados por el virus y por las medidas para evitar los contagios todavía no haya un verdadero plan de choque.

En nuestra Región no es menos problemático. Miles de ancianos esperan dentro de sus jaulas doradas a que las autoridades sanitarias autoricen a los servicios sanitarios de las residencias a devolver un poco de sentido a la vida de los mayores. Cuando un anciano te dice "si llego a saber que las vacunas no iban a valer para que saliéramos a ver a nuestras familias ni que ellas puedan venir aquí como antes, no me las hubiera puesto; mejor estar muerta a estar en esta cárcel", se te encienden todas las alarmas. ¿Nadie está viendo que las mismas medidas que utilizamos hace dos años en un escenario de muerte no pueden seguir siendo las mismas en otro escenario totalmente diferente?. Quizás el problema radique en que las medidas sanitarias deben estar reguladas por la Consejería de Sanidad, y sin que haga falta el visto bueno político de otra consejería, con más ánimo propagandístico que de hacer el bien a los mayores y sus familias.


Cuesta entender que todo un segmento poblacional, el de los mayores, aquellos que salían en las fotos de la guerra y la posguerra estén condenados a unos nuevos campos de refugiados llamados residencias. No se puede entender que los políticos, sean del color que sean, promuevan y contemplen con pasmosa pasividad la precariedad a la que abocan a millones de familias, pero sobre todo a los mayores cuando permiten que índices como la inflación afecten de manera mortal a sus vidas. Conozco a ancianas que han vuelto a encender la estufa de leña en su casa porque no pueden hacer frente a las facturas de la luz; a otras que empiezan a ir a las puertas traseras de las grandes superficies a esperar que alguien les dé algo a punto de caducar, o caducado. Hace tan solo unos años se promovía la instalación gratuita de gas en las ciudades e incluso en los pueblos, con la oferta de precios bajos incomparables, para que ahora muchos ancianos han decidido volver a comprar una bombona de butano y sacar su antiguo hornillo para poder cocinar una o dos veces por semana; otras que han decidido volver a lavar a mano en la pila que ya nadie utilizaba, para no tener que enchufar la lavadora porque gasta mucha luz.


Cuando hablamos de guerra, queda claro que no hay que mirar más allá de nuestras fronteras, tampoco de las regionales. Muchos ancianos han vuelto a la hambruna, a pagar con sus nimias pensiones la luz de la casa de sus hijos. No es justo que sus últimos años de vida sean tan penosos como lo fueron en sus inicios. No es así como debieron imaginar el único pago que podrían pedirnos a los más jóvenes, y que se llama respeto, dignidad. 

Son ellos, y no internet, el único poso de nuestra historia; es más, son testigos vivos de la historia. Aquellos a los que deberíamos venerar por ser la imagen de la esperanza y la sabiduría. La verdadera guerra no solo ocurre allá donde hay militares. Los campos de batalla están allí donde hay una lucha por la supervivencia. Sin ancianos todos estamos en guerra. Su olvido será el error que acabará con nuestra humanidad.

Comentarios

  1. Excelente artículo. Tengo la esperanza que mientras los ancianos estén en nuestros pensamientos en nuestros escritos y valoremos todo lo que han hecho y siguen haciendo por nuestra sociedad, nunca se perderá ese valor y sabiduría por muy dura y difícil que se convierta la sociedad. El valor de la sabiduría de nuestros ancianos seguirá transmitiéndose siglos por siglos....

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  2. Es tremenda la sin razón del ser humano. Hemos pasado en este último año de: "tenemos que cambiar el sistema en la atención a nuestros mayores" a toparnos con la realidad de: " este nuevo sistema que se quiere crear es deficitario". Y yo me pregunto deficitario para quien?

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  3. Buen artículo Carmelo,
    En mi opinión la guerra la tenemos que hacer cada uno con nosotros mismos: dentro de nuestros corazones; examinándonos y viendo que no somos todo lo buenos, sociables, generosos y buenas personas que nos creemos. Que a veces nos dejamos llevar por la corriente, que tenemos complejos que no nos atrevemos a afrontar, y sobre todo que nos encerramos en nuestro caparazón y no levantamos la mirada para compartir nuestro tiempo con quienes nos necesitan. Pero podemos cambiar, siempre estamos a tiempo de cambiar, de empezar por los más próximos en nuestra familia o en nuestra escalera. Y siempre nos podemos unir a tantos grupos de voluntarios e iniciativas para mejorar la vida de los mayores y de los medianos (que si no pasa nada, enseguida serán mayores también). Aprendamos a envejecer; aprendamos a ser solidarios; aprendamos a cambiar nosotros para cambiar nuestro mundo.

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