No es justo...

Después de ver y escuchar la terrible noticia de las dos auxiliares que supuestamente han maltratado a una anciana en una residencia de Tarrasa, todavía no he podido dejar de sentir rabia, y mucha pena. También estoy convencido que por varios motivos una injusticia aflora en todo esto, y no solo la más evidente.

Por un lado, no es justo lo ocurrido para cientos de miles de personas mayores, muy frágiles (no solo físicamente), que dependen de nosotros, que no tienen a quien recurrir para que les sustituyan en la realización de las mínimas y elementales tareas diarias. No me cansaré nunca de denunciar que no es justo el precio con el que estamos pagando a nuestros mayores tanto sacrificio y esfuerzo para levantar un país al que nos estamos cargando sus nietos, nosotros solitos, sin ayuda de nadie. Reconozco que he visto el vídeo que circula por internet un par de ocasiones, y no por morbo, como otros. La primera vez no pude terminar de visionarlo; me puede mucho la incapacidad de reaccionar ante lo injusto. Ya a la segunda aguanté, con el fin de captar todos los matices, pruebas necesarias antes de emitir un juicio moral y ético. Pobre mujer, pobre persona humana indefensa. No es únicamente una cuestión física, también de impotencia al contemplar como al burlarse de ella, también estas niñatas lo hacían de todas las personas mayores vulnerables. Lo que define su acción como maltrato es que este provenga de personas en quienes las familias habían depositado toda su confianza. Los hijos dejan en nuestras manos a sus seres más queridos con la esperanza de que les cuidemos. No solo es cuestión de atenderlas, es algo más profundo.


Tampoco es justo lo ocurrido para un sector, el de las residencias de personas mayores, tan poco querido y acogido dentro una sociedad que las creó exclusivamente para esconder sus vergüenzas “sociales”, a modo de chivos expiatorios. Otra vez, aprovechando que el Pisuerga pasa por la bella ciudad de Valladolid, salen a la palestra las residencias y su maldita leyenda negra, sin que ninguna administración pública, la que las utiliza, salga en su defensa.


Pero quizás, todo esto me parece mucho más injusto por el juicio al que se está sometiendo a cientos de miles de trabajadoras que bajo la categoría de “gerocultoras” se ganan la vida cada día cuidando de los mayores en las residencias. Llamadas en ocasiones “lavaculos” con desprecio y altivez, son desprestigiadas por trabajar en un entorno como es la residencia. Pocos se detienen a reflexionar acerca del espíritu que da vida a los corazones que se manifiestan en las manos de estas compañeras al asear y lavar a nuestros padres y madres, abuelos y tias; y todo ello, además de la capacitación que les otorga una titulación oficial, con un mimo y tacto solo semejante al que nos procuraron nuestras madres cuando fuimos bebés. Quitar la suciedad que solo una madre puede quitar. Para hacer esto no solo hay que estudiar, hay que nacer con un don. Sí, apreciados lectores, ellas son las encargadas de hacer el crucial y fundamental papel de madres de cientos de miles de ancianos que ya no pueden hacerlo por sí mismos. No es justo que por culpa de dos cretinas se ponga en cuestión a todo un grupo de profesionales. Compañeras que todavía deben seguir viviendo con un complejo impuesto de culpa, tras un pre-juicio sumarísimo al que las somete la sociedad, y también otras compañeras y compañeros de otros servicios de salud. Todo por el mero hecho de ganarse la vida en una residencia. No es justo que se les pague un salario indebido como consecuencia de pactos nacionales para acomodar los ingresos vergonzosos que paga la administración a las entidades que gestionan las residencias en su lugar.


No es justo que personas como las protagonistas de la infame noticia hayan acabado sus estudios sin que nadie haya podido hacer algo para que nunca entraran a formar parte de este gremio que constituimos los que hemos hecho del cuidar de otros una forma de ver la vida, mucho más que una mera manera de ganarse el pan.

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