Cumpleaños final...


Llevamos varias semanas de confinamiento, muchas, por culpa del maldito coronavirus. Hace unos días el presidente Sánchez, anunció lo que para muchos era un secreto a voces, aunque para los sanitarios no tanto: el estado de alarma, y el correspondiente confinamiento en nuestras casas, se prolongará quince días más, al menos. Pero los niños, como novedad, podrán empezar a salir para pasear con los padres. A partir de mañana también podremos hacerlo otros, para hacer deporte, pasear.... Pero ¿y los mayores de las residencias que actualmente están confinados en sus habitaciones?.

Mientras Sánchez hacía su declaración no paraba de venirme a la cabeza unas palabras de la señora Carmen. Palabras que me emocionaron cuando me las dijeron y que me preocupan. Ella, con ochenta y nueve años, solo es una de las algo más de cuatro mil personas mayores que durante estos días están confinadas en su habitación de la residencia, de las que prácticamente no pueden salir, por indicaciones de las autoridades sanitarias. Habitaciones que, por haber estado concebidas únicamente para dormir y descansar, tienen algo más de catorce metros cuadrados, las de uso compartido. Si mis hijas están desesperadas en una casa de cien metros, me agobia pensar como estará Carmen. Ya hace más de un mes que se dio la orden de confinamiento, y a pesar del relativo poco tiempo transcurrido los mayores ya acusan sus efectos. La tristeza empieza a campar a sus anchas en los mismos lugares donde el ajetreo, las fiestas, los talleres de manualidades, y otras tantas actividades intentaban aportar un poco de sentido a unas vidas castigadas por los dolores y la soledad. Ahora solo se escucha silencio y desesperación. La febrícula de un compañero de la residencia se vive con tremenda angustia por el resto. Las inevitables miradas de preocupación de las auxiliares y enfermeras al correr a buscar al médico son percibidas por todos los mayores, incluso a puerta cerrada.

Otros ancianos están perdiendo facultades físicas como consecuencia de la inmovilidad prolongada. A la pérdida del contacto con sus familiares, también hace más de un mes, prácticamente sin previo aviso, se suma la pérdida del contacto con aquellos compañeros con los que compartían residencia. Expatriados de esta “sociedad del bienestar”, que ante la falta de recursos para mantenerles en sus casas, “les olvidó”. Un encierro social, que cada día alivian tantas y tantas muestras de cariño y afecto, y por supuesto profesionalidad, de cada una de las profesionales que les cuidan. Cariño que ahora tampoco pueden manifestar con caricias y besos, para prevenir el contagio del maldito Covid-19.

Las residencias no son hospitales, nunca lo fueron ni lo pretendieron. Las medidas  de aislamiento pronto comenzarán a cobrarse otro tipo de víctimas si este no se alivia: mayores atravesados por la melancolía, por la ausencia del afecto, privados de la posibilidad de ver a los hijos que una vez parieron, y de la oportunidad de que estos les muestren su amor, su cariño, ese mismo tantas veces cuestionado. La factura por la falta de previsión de recursos y de infraestructuras de la administración pública sanitaria, nacional y regional, no pueden pagarla ni los mayores ni sus familias.

El aislamiento al que se debe someter a los mayores que manifiestan síntomas respiratorios aíslan igualmente al resto. Muchos de estos mayores, tras llevarles al hospital por cualquier otra cosa, todavía vuelven a las residencias sin que nadie les haya hecho una prueba de detección del virus. Esto hace que tengamos que aislarle al menos catorce días más. Y al resto se les priva de la libertad de un pasillo, de una sala de televisión, de un momento de compartir risas mientras hacen manualidades, para que no se les atrofien los dedos, ni la mente.

Mis compañeras de la residencia, con esa calidad humana que las caracteriza, intentaron alegrar el día de Carmen por su cumpleaños. Le llevaron un trocito de tarta a la habitación donde está “salvaguardada del virus” para celebrarlo. Cuando terminaron de cantarle el cumpleaños feliz, de sus temblorosos y emocionados labios, y con lágrimas en los ojos Carmen solo pudo decir: “¿cumpleaños feliz? Esto parece mi cumpleaños final”.

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