Hijas de Nightingale


Llevamos muchos días, semanas enteras, escuchando y viendo en directo, en numerosos medios de comunicación, que el avance de la epidemia resulta descaradamente imparable. Aunque por lo visto, afortunadamente, parece que podemos domesticar al maldito Covid-19, todo ello gracias a nuestra reclusión domiciliaria. 

Nos hemos dado de bruces con la realidad, esta es, que el humano es un ser falible, imperfecto, víctima de su propio orgullo y vanidad; pero también es portador de los más bellos sentimientos y expresiones de solidaridad. Como enfermero tengo una referente: Florence Nightingale. Fue una enfermera pionera, que vivió en el siglo XIX, que un día decidió poner su vida al servicio de los demás. Florence tomó la firme determinación de bajar a los infiernos para poder conocer con sus propios ojos el ardor eterno del sufrimiento. Lo encontró en los campos de batalla de la guerra de Crimea. Allí, pudo encontrar podredumbre y miseria como basamento de hospitales de campaña. Los soldados, víctimas de heridas infectadas y carentes de un sistema médico que les pudiera curar, eran condenados a los terribles tormentos de la gangrena, la sepsis y el dolor imposible de aliviar. 

Hace poco me han pasado la fotografía de un joven exalumno de enfermería de la UCAM, novel compañero que está dándolo todo en su turno del hospital Gregorio Marañón, contra viento y marea, y con una sonrisa que sobresale de su mascarilla. Quizás por este motivo, mientras escribía estas palabras, he recordado a tantas y tantas compañeras que son también soldados en esta moderna guerra contra enemigos de menos de cinco micras. Los contagios entre el personal sanitario que está atendiendo diariamente a enfermos de Covid-19 ya supone el 14,6% del total de casos. Entre estos la proporción más numerosa es la de las enfermeras. Compañeras de hospital, de centros de salud, de servicios de emergencias y de residencias de ancianos, por supuesto. Estas últimas camufladas, entiendo que involuntariamente, por los medios de comunicación dentro de los datos del “personal que atiende a los ancianos en las residencias”. Nosotras, las que trabajamos en residencias de personas mayores, solemos estar sometidas tradicionalmente al desprestigio y ninguneo social, tanto por parte de los que no saben sobre esto, como por parte de los que se supone que saben mucho de sanidad y enfermería. 

Y es que la enfermera no entiende de política, ni de plan de previsiones, ni de presupuestos. De lo que si entendemos es de que estamos cuidando a los que sufren sin medidas suficientes para garantizarnos la protección necesaria y suficiente frente al Covid-19. Tampoco estamos siendo objetivo preferente en el diagnóstico de la infección, porque no hay suficientes test ni pruebas, hasta que aparezcan los primeros síntomas, claro; y entonces nos enviarán a casa hasta que pasemos la cuarenta y volvamos de nuevo al campo de batalla, o muramos. Y lo haremos en silencio, a veces tan maldito, con la discreción y prudencia que nos caracteriza, pero no con resignación, sino con la vocación por bandera. Nuestra misión es cuidar y no hacer política ni con los enfermos ni con los muertos. 

Como Nightingale, sin medios materiales suficientes, nuestra esencia surge en el cuidado y consuelo del que sufre. La fundadora de la enfermería moderna era conocida entre los solados ingleses moribundos de Crimea como la dama del candil. Una pequeña llama en la oscuridad del sufrimiento proporcionaba a aquellos jóvenes guerreros la seguridad de que, a pesar de todo, ella estaría allí, acompañándoles y dándoles esperanzas con su mera presencia. Las enfermeras de aquí y ahora, sin recursos materiales, seguiremos estando ahí, siendo la mano que consuela, la sonrisa que conforta, la presencia que acompaña. Seguiremos siendo todas y cada una de nosotras luces en la noche oscura, hijas legítimas de Nightingale.

Comentarios

  1. Así somos las enfermeras, dándolo todo y uniéndonos para ser más fuertes.

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  2. Así somos las enfermeras, dándolo todo y uniéndonos para ser más fuertes.

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  3. La esencia del cuidado es algo que trasciende al tiempo, donde no importa el espacio; en la adversidad, nos han enseñado a crecernos, a sacar creatividad para ser el bálsamo de las almas que sufren. Y eso, que es puramente humano, merece el mismo respeto que lo empírico. No hay asignaturas donde se enseña a ser humano, ni practicums con competencias de nivel 2 ó 3 de humanización...está en todo lo que hacemos, de forma tácita. Siempre es buen momento de hacer visible el compromiso que tenemos con el ser humano, pero quizá ahora, en estas circunstancias, se hace necesario. El año internacional de la Enfermería se celebra en silencio, cuidando, estando ahí...haciendo lo que mejor sabemos hacer, llevando la luz de Nightingale a las vidas de las personas que cuidamos.

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