Im-pertenencias

Hace un par de días leí en los periódicos que el gobierno actual iba a recurrir a la justicia la puesta en marcha de lo que venía a denominar "pin parental". Con este neologismo hacían referencia a la supervisión de los padres de los niños de cualquier colegio murciano de determinadas asignaturas extracurriculares, ya sea en cuanto a algunos de sus contenidos o incluso en su totalidad. De esta manera los padres pueden realizar un control sobre qué se le imparte a los hijos en el colegio. Lógicamente, esta es una cuestión muy interesante. En Murcia ya está en funcionamiento esto desde el inicio del presente curso con el visto bueno de la mayoría de los partidos (ninguno de ellos son los que actualmente componen la coalición que está en Gobierno nacional) cuyos representantes han sido elegidos por los ciudadanos. Sinceramente, hasta aquí la noticia no tiene más interés que cualquier otra del panorama político actual. Recordemos, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, que en este sentido en alguna comunidad autónoma, cuyos representantes también han sido elegidos por sus ciudadanos, se está discutiendo abiertamente la pertenencia o no al Estado español.

La cuestión radica en la frase utilizada por una de las ministras. Esta decía algo así como que "no se piensen los padres que los hijos les pertenecen". Y yo, que reconozco mi casi patológica manía por darle vueltas a las cosas de la vida cotidiana, me pregunté entonces: ¿a quién pertenecen mis hijas?; y también otra más profunda: ¿y yo, a quién pertenezco yo?. Tras esta reflexión decidí sondear en una de las redes sociales a las que estoy adscrito qué piensa la gente sobre esto. No me imaginaba cómo unas simples frases podrían despertar comentarios tan variopintos y algunos de ellos cargados de rabia, mucha rabia. Conozco a casi todas las personas que hicieron comentarios; a unas más que a otras, claro. Quizás por ello, sintiéndome un poco responsable de algunos enfrentamientos verbales (escritos), he estado reflexionando sobre la cuestión inicial: ¿a quién pertenece la persona?.

Esta es una cuestión de índole ético-filosófico, más que político, sin duda. Quizás por ello, al hablar, algunas personas se encierran irracionalmente en una postura exclusivamente política, tanto en un sentido como en el otro, con todas las limitaciones que acompañan a este tipo de planteamientos. La pertenencia (aunque no me gusta nada este término, de momento vamos a seguir utilizándolo) puede observarse desde dos planteamientos: uno positivo y otro negativo. Desde este último los seres humanos no pertenecemos a nada ni a nadie, porque no somos una propiedad como puede ser una casa o un coche; no pertenecemos a nuestra pareja, ni a nuestros padres ni a nuestros hijos, ni a nuestro Gobierno, claro, a este tampoco pertenecemos (porque si perteneciéramos a un gobierno, ¿con qué criterio moral se come, por ejemplo, que en algunas determinadas Comunidades Autónomas sus responsables políticos, con el beneplácito de un gobierno nacional, decidan qué tipo particular de historia de España forzadamente distorsionada se le cuente a los niños en las escuelas y en otras, en cambio, no se deje que los responsables políticos decidan dejar que los padres supervisen contenidos de determinadas asignaturas extracurriculares?). Desde el otro punto de vista, el positivo, a las personas "nos pertenece" el compromiso con una  responsabilidad en relación a otras personas (aquí pertenecer, desde un prisma más coloquial, vendría a significar lo mismo que corresponder). A los padres nos pertenece/corresponde la responsabilidad de amar y cuidar a nuestros hijos, así como a nuestros padres/madres, pareja, amigos, hermanos y al resto de personas; y a todos y cada uno de ellos les pertenece el compromiso con la responsabilidad de amarnos y cuidarnos. Este último planteamiento es más de carácter moral que político, qué duda cabe. Así visto correspondería al Estado, no necesariamente a un gobierno concreto, la responsabilidad de procurar el bien a los ciudadanos. Para ello regula una serie de derechos tanto positivos (derecho a expresarme libremente o a profesar una determinada religión) como negativos (derecho a que no me maten, ni me roben) en una serie de normas escritas para todos que llamamos Constitución Española. Me encantó leer a una amiga (Bruja Lila) a la que conozco hace mucho tiempo y que recordó que los niños deben estar protegidos por una declaración que no siempre es contemplada con la observancia que se debiera: la Declaración de los Derechos del Niño, precisamente porque hay algunos padres que no quieren ejercer la responsabilidad de hacer pertenecer a sus hijos de un entorno seguro y protector; ella se deja la piel cada día defendiendo estos derechos como trabajadora y educadora social vocacional que es. La admiro mucho, aunque haga tiempo que no nos vemos; añoro que me cuente cómo ella ve la misma cosa que yo, pero desde otro lugar distinto al que ocupo.

Volviendo a la reflexión ético-filosófica, digo yo ¿tan malo es pertenecer a algo o alguien?, y ¿tiene alguna utilidad real pertenecer a algo o alguien?. Entonces, me he acordado de una historia que la semana pasada me contó una buena amiga. El protagonista es un anciano que estando en una entidad bancaria (tengo la tentación de poner el nombre, pero no, otro día será) sufrió una ataque de ansiedad. Mi amiga estaba en la cola esperando su turno para hablar con un empleado de banca, alguien detrás de una mesa. El anciano quería que alguien le ayudara a sacar dinero. No sabía utilizar el cajero automático, quizás porque no fue a la escuela o porque a su edad ya no veía los botones, o porque no entendía que darle con el dedo a un cristal no parece lógico. El empleado le decía que utilizara la aplicación web del banco. Tenía instrucciones claras de derivar al cajero a todos los interesados en sacar cantidades menores de 600 euros. El señor mayor no sabía utilizar las nuevas tecnologías y necesitaba el dinero. El empleado empezó a pasar de él indicando al siguiente en la cola que acudiera adonde se encontraba. En ese momento el mayor sufrió el ataque de ansiedad, quedó tirado en el suelo, rígido, sin reaccionar. Cuando acudieron los compañeros del 112 y le atendieron le preguntaron por un familiar al que avisar. "No tengo a nadie" respondió. No pertenecía a nadie.


Al tener conocimiento de esta historia del todo real me surgió el siguiente pensamiento: qué miedo da estar solo. Pero no tanto como sentirse solo. Cuando uno tiene miedo reacciona de maneras insospechadas. Quizás por eso Maslow hace muchos años introducía "la pertenencia a un grupo de semejantes" como una de las necesidades fundamentales de los seres humanos. Quizás también por eso cuando nos preguntan a veces decimos que pertenecemos a tal  cual grupo: equipo de futbol, hermandad/cofradía de Semana Santa, familia, y todo ello sin pensar que pertenecemos como una propiedad sino como una manera de sentirnos seguros, arropados, identificados en valores, pensamientos o en lo que sea con otros como nosotros. Quizás la pertenencia nos aporte más coherencia interna de lo que pensamos. Es el sentido de pertenencia lo que nos hace alegrarnos al encontradnos a un paisano del pueblo cuando vamos de viaje a Brasil. La pertenencia nos aporta identidad, si esa de la que ya no se habla en esta olvidada España invertebrada.

Otra cosa son las reacciones producidas por el miedo sentido en las entrañas: la rabia, el dolor. Los padres vemos en no pocas ocasiones como se nos cuestiona desde cualquier foro: prensa, asociaciones pseudo-educativas (los mensajitos en forma de post que cada vez proliferan más en los diarios digitales por gurús que no conoce ni su madre), diferentes post en redes sociales, etc. Antes, por fortuna los padres solo teníamos a otros padres en el parque infantil que cuestionaban todo lo que decíamos cual cuñado del chiste: que si le dábamos tal leche a nuestra hija, pues que no, que la que ellos le daban a su hija era mucho mejor y saludable, que si le dabas chuches entonces que no, que las chuches había leído en no recordaba qué sitio que provocaban cáncer, etc. Pero ahora nos llueven criticas y ostias como panes por todos lados y no precisamente del parque infantil. Las nuevas tecnologías, los malditos móviles, se han convertido en "los otros padres" con los que debemos competir diariamente para que nuestros hijos nos atiendan más a los de verdad. Todo se nos cuestiona, nada parece servir de lo heredado de nuestros propios padres, y aquellos de los suyos. Si a tu hija le dices que debe ser educada te dice que su amiga le ha dicho por el grupito móvil del colegio que su madre le ha dicho a modo de dogma que eso es una manifestación patriarcal opresora; entonces, en ese preciso momento, no sabes si mandar a la porra a tu hija o llamar a la otra madre para avisarla de que mezclar lejía con amoniaco puede ser muy perjudicial para la vida. Por otro lado están los profesores/maestras que tanto batallan, la mayoría pero no todos, para diferenciar conocimientos académicos de moral. Como profesor me identifico con estos compañeros de la docencia y la Educación cuando nos llaman la atención a los padres para recordarnos que ellos están para transmitir conocimientos a sus hijos, con mucha vocación por supuesto, pero que los niños deben beber de la fuente de la educación y los valores y está está en las casas de cada criatura. Son como esos árbitros de partidos y competiciones entre niños pequeños que lloran cuando contemplan impotentes cuando sus narcisistas padres se pelean a torta limpia en la grada por el resultado del partido. Sabemos que podemos prohibir los partidos pero no podemos entrar en el sagrado mundo de lo privado: la casa de cada uno/a.

Volviendo a la historia del anciano vuelven a surgir las palabras miedo y soledad cuando la recuerdo. Y entonces me viene a la memoria una frase preciosa que Lizzie Clayton, la moribunda madre en la película "Un monstruo viene a verme" (una de las mejoras películas que he visto en mi vida, dirigida magistralmente por Jose Antonio Bayona), le dice a su pequeño hijo Conor: A LA GENTE NO LE GUSTA LO QUE NO ENTIENDE. Y aquí lo que no entendemos es que nuestros hijos no nos pertenezcan, pero no en el sentido de propiedad tal y como dicen algunos/as agitados/as para defender las palabras desafortunadas (sinceramente creo que solo son eso: desafortunadas) de la ministra Celaá. Es necesario y muy recomendable que nuestros pequeños/as nos pertenezcan, pero no a mí ni a su madre sino a lo que representamos: UNA FAMILIA, esa institución social que les quiere y les protege en el ámbito privado por excelencia: la casa de cada uno. Y no solo eso, sino que ellos/as se expresan de tal manera que entendemos como señal de que la relación parento-filial es sana cuando los niños dicen aquello de: "mi mami es mía", es decir, su mami "les pertenece" como muestra de ese amor tan eterno e incondicional. Esta institución, la familia, solo es objeto de intervención del Estado, que no del gobierno, cuando se demuestra que los padres ya no les procuran una unidad a la que pertenecer.

Así, creo que a mi entender pertenecer a alguien o a algo NO TIENE QUE SER BUENO O MALO necesariamente, a priori, simplemente es necesario para no dejar de ser lo que nunca deberíamos dejar de ser: HUMANOS. Quizás por eso surge el miedo, porque tal y como le dice el monstruo de la película al pequeño Conor: "no siempre hay un bueno, ni siempre hay un malo, casi todo el mundo esta en algún punto intermedio". Esta sublime frase me lleva a mi mundo de los mayores. Me traslada a la falta de pertenencia que experimentan tantos y tantos hijos de mayores con demencia que ya no son reconocidos por sus ancianos y enfermos progenitores. "Esa señora de ahí dentro que grita como una loca tiene la cara de mi madre, sus ojos, sus manos, pero esa no, esa no es mi madre" me decía un hijo con lagrimas en los enrojecidos ojos al presenciar un cuadro psicótico provocado por la demencia que sufría su madre. Es la pérdida ambigua, una de las más difíciles de abordar porque en ella la persona dice adiós sin irse. Muchos hijos/as nos cuentan lo solos que se sienten cuando esto ocurre. Quizás por ello muchos mantienen la casa de sus padres como un museo de recuerdos, donde van a menudo con el único objetivo de "olerles otra vez" de ver de nuevo la luz de las ventanas proyectada sobre su sofá o la alfombra y así trasladarse a aquellos días de felicidad en los que se sentían protegidos bajo en cuidado de sus papis y mamis; anhelan volver a pertenecer a aquel mundo de despreocupación y horizontes sin límites.

Por eso, probablemente, cuando les decimos a los hijos que lleven a la residencia algunas "pertenencias" de los padres nos referimos a aquello que les hace vincularse de nuevo con ellos: fotos, recuerdos de comunión, etc. Y así surge la gran petición que todos, de manera más o menos explícita, manifiestan cuando les preguntamos que le pedirían a sus padres si les entendieran una vez más: "un abrazo, sentir de nuevo que le pertenezco, que me rodean sus brazos protectores y cálidos, esos mismos brazos donde corría a buscar cobijo y que siempre estaban dispuestos a dármelo".

Durante estos días he estado dándole vueltas a la cabeza, como he dicho, y para intentar aclararme le he preguntado a alguna persona mayor acerca de la pregunta inicialmente planteada: ¿a quien pertenecen los hijos?. Lo que me ha dicho me ha resultado revelador: "hijo, yo hace tiempo que no me hago esas preguntas tan raras, porque ya hace tiempo que tenía claras las respuestas". Mucho me ha ayudado mi compañera Susi Andreu cuando me ha recordado por WhatsApp una frase del poeta Gibran Jalil (1972) tan bonita como para reproducirla a modo de corolario: "nuestros hijos no son nuestros hijos...vuestros hijos no son vuestros hijos; son los hijos y los hijos del anhelo de la Vida por perpetuarse". Que cada uno/a saque sus conclusiones. 

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