Amor de plástico

No es es fácil comenzar a escribir algo pensando en el final. Incluso, puede parecer una contradicción. Pero, realmente es lo que experimentamos cada persona, cada día. Respirar profundamente con la seguridad de que cada segundo vivido es un trocito menos de tiempo en ese periplo que llamamos vida. No es una cuestión de nihilismo, aparentemente al más puro estilo nietzscheniano, sino de ser realistas con nuestra naturaleza finita, mortal.
Lo importante no es vivir por vivir, sino como llenamos nuestros días de vida. Los nuestros y los de los demás. Porque, digo yo, que algo influimos en los demás, ¿no?. También los demás influyen en la nuestra. En estas reflexiones profundas estaba yo, cuando me encontré con un par de artículos de prensa que me hicieron pensar todavía más acerca de "qué somos", y "que sentido tiene todo esto" que llamamos vida.

El 9 de junio me emocioné (de verdad) cuando leí (no tanto como cuando vi la fotografía que acompañaba el artículo) que por lo visto está demostrado que darle un muñeco a un enfermo de Alzheimer estimula su cerebro dañado. Es un artículo precioso de María Sosa Troya (El País) titulado Un muñeco contra el Alzheimer (1).

Imagen tomada de la versión online del artículo citado (1)
Me sorprendí al verme reflejado en la pantalla del ordenador, moviendo la cabeza de un lado para otro, lentamente. Cuanto hemos sufrido, y seguimos sufriendo, los profesionales que cada día intentamos mejorar la vida de las personas mayores que viven en las residencias. En numerosas ocasiones somos el objeto de burlas, chanzas, y de cazas de brujas de otros compañeros de otros servicios de salud (siempre públicos, por cierto. Recomiendo volver a leer mi entrada Un montón de huesos en su tinta, en este blog) e incluso de personas ajenas a este mundo asistencial que en lugar de preguntar, nos acusan a todos de malos profesionales en cuanto una denuncia esporádica de un centro concreto da pie a ello. Ya hace muchos, pero que muchos años, los muñecos, cada uno con su nombre de pila, conviven con algunas personas mayores afectadas por una demencia en las residencias (estoy seguro que también en sus casas). No es novedad. La diferencia estriba en que hace años los mismos que ahora se auto-alaban de haber descubierto la pólvora decían que dándoles muñecos infantilizabamos a los mayores. Y como infantilizar era una práctica que iba en contra de lo que ya empezaba a intuirse como una nueva etiqueta a certificar (solo y únicamente era para eso): la atención centrada en la persona, pues nos daba vergüenza y dejamos de decir que lo hacíamos; incluso los escondíamos cuando venía alguien que no era de la casa. Pero seguíamos haciendolo, vaya. Y no solo con enfermos de demencia, sino con otras personas para las cuales la única compañía al irse a dormir era (y sigue siendo) un peluche, con unos enormes y tiernos ojos, al que le daban las buenas noches antes de entrar a su particular mundo de Morfeo. La cuestión no es tanto qué es lo que se les da sino el propósito por el que se hace. Al principio de mi carrera profesional, cuando vi esas escenas de mujeres con demencia acunando a unos bebés de plástico, cantándoles tiernamente una nana para que se durmieran, pensé que se trataba de otra performance triste, que reflejaba ese mundo de atención institucional tan asilar, tan goffmaniano, del que tanto huíamos. La cosa cambió cuando comprobé que ella siempre le llamaba "Luisito". Y digo siempre por aquello de tratarse de una persona con demencia tipo Alzheimer, y que una de sus características clínicas principales es la amnesia a corto plazo. Entonces, ¿porqué se acordaba aquella persona, que lo olvidaba casi todo, del nombre de su muñeco?. Pues porque Luisito, como más tarde me contaron sus familiares, no era un nombre cualquiera. Así es como se llamaba el hijo pequeño que a aquella mujer, ahora demenciada, se le murió cuando tan solo contaba con 5 meses de vida, por culpa de una maldita tos ferina. Para Carmen, la persona enferma, Luisito era su todo, su mundo. Para ella, ahora, cuando todos sus recuerdos empezaban a desdibujarse como un castillo de arena empujado por las olas al borde de la playa, Luisito había vuelto a ser la referencia emocional que la mantenía agarrada a la vida. Realmente, no era una cuestión de plástico, sino de vida con pleno sentido. Carmen estaba afianzada a la felicidad de besar, acunar, cantar y abrazar nuevamente a su hijito muerto hacía muchos años atrás. Ella ya no recordaba que estaba muerto. No es tanto una cuestión de estimulación cognitiva, sino de estimulación afectiva positiva. Quizás, por ese motivo, Carmen lloraba desconsoladamente cuando el muñeco no estaba junto a ella en la cama al despertar por la mañana. Alguien, involuntariamente, lo había olvidado en la lavandería la noche anterior. 

Imagen tomada de la versión online del artículo citado (2)
Bien diferente es la sensación que me despertó el título del artículo que leí pocos días más tarde, el 15 de Junio:  "Nietos postizos, el antídoto para la tristeza de los mayores que se sienten solos"(2). A pesar de todo, no pude resistirme a leerlo. Os recomiendo su lectura; no tiene desperdicio. Por lo visto hay un plataforma web, al estilo de la famosa Tinder, donde se ponen en contacto familias que tienen hijos pequeños, con personas mayores que no tienen nietos. La finalidad es cubrir una necesidad emocional. Realmente, el artículo excelentemente bien escrito por Alejandra Meléndez (El Mundo), no deja nada a la intuición. Me llama la atención, ya de entrada, el calificativo "postizo" en el título; tengo entrañables recuerdos de una magnífica persona que llamaba postizos a aquellos miembros de la familia con los que no compartía parentela consanguínea, esto es, los cuñad@, yernos, nueras, etc. Es decir, una separación real entre lo genéticamente establecido y las otras personas que han elegido nuestros parientes de sangre. Así entiendo yo también a estos niños que vienen a suplir un vacío en la vida de algunas personas: postizos. También me sorprende como se habla de personas mayores en el artículo, pero en cambio, cuando refiere sus edades estas están en torno a los 55-70 años. Va lista la periodista que suscribe el citado artículo como la pillen cualquiera de las "chicas" de la Asociación de Mujeres de mi querido pueblo, Abarán, por ejemplo, todas con más de 60 años y con una marcha que ya la quisieran para sí algunas jovenzuelas: conferencias, salidas, talleres de pintura, teatro, grupos de baile, etc; cualquier cosa menos autodefinirse como "mayores". Volviendo al artículo, creo relevante señalar que tras su lectura detenida y seria, hay un concepto que sobresale entre líneas: duelo. Por este proceso natural, en principio, y humano, solemos pasar todas las personas como reacción a una pérdida, que no siempre tiene que ser la muerte de otra. Así, podemos experimentar un duelo, a veces sin saberlo, por la pérdida de un rol social, o por la pérdida por lejanía de ciertas personas (como les ocurre a muchos inmigrantes que vienen a trabajar y dejan sin más remedio a sus seres queridos en su tierra: padres, esposas, hijos, a miles de kilómetros). En el artículo aparecen expresiones que confirman nuestra sospecha y cuyo análisis me gustaría compartir con vosotros:
a) "Ellos han llenado ese cariño que no tenía y que necesitaba"; entonces, lo que necesitaba ¿era solo cariño?¿la dirección emocional solo va egoístamente en el sentido de recibir?. Quizás haya que analizarlo con más sutileza. En mí opinión esta es una situación "normal" a la que se ven conducidas aquellas personas que desgraciadamente sufren una frustración por no poder desempeñar un rol, el parental (de abuela en el caso que nos ocupa), al no darse las circunstancias para ello: no haber tenido hijos, o si los tiene la decisión de estos de no tener descendencia, y por ello no hacer posible ser abuela. Para mí es un duelo más, fruto de experimentar una pérdida simbólica (no real), en relación a otras personas con la misma edad, que sí tienen nietos con los que disfrutar, u ocupar su tiempo. También denota la carencia extrema de estrategias de afrontamiento; no es capaz de enfrentarse a una situación de necesidad emocional que le produce una soledad sobreañadida a la del nido vacío (si tenía hijos) o incluso secundaria a una soledad voluntaria, derivada de la emancipación social (en nuestro país cerca de un 25% de personas mayores de 65 años viven solas porque así lo quieren y se supone, hasta que he leído este artículo, que son felices), que no es lo mismo que la soledad obligada, por la viudedad, por ejemplo. 
b) "Desde el primer día que conocí a los niños, me llamaron abuela y eso fue una sorpresa para mí"; ¿como no va a ser una sorpresa?; ¿quien en su sano juicio puede esperar que unos niños con los que no tienes relación previa alguna, ni parentesco consanguíneo o de adopción legal, te llamen "abuela"?. Es urgente preguntarse acerca de la confusión emocional a la que se somete a esos niños "obligando" a llamar a esta señora "abuela" sin serlo. Además, la periodista describe la situación que vive Ángela, una niña "nieta postiza" que dice que ahora tiene dos abuelas, una para los fines de semana en Madrid (la que la alquila) y otra en Mallorca para las vacaciones y navidades (la de verdad, la consanguínea, la única abuela, teniendo en cuenta que no dice nada de la otra abuela consanguínea). Esto no puede ser psicológicamente sano para una niña; se crea una confusión innecesaria para ella, derivada de su utilización como un medio de satisfacción emocional para otra persona, y no dice el artículo si de satisfacción lucrativa para la plataforma web y/o los padres. También hay que tener en cuenta que Meléndez refiere además que uno de los supuestos para acceder a este servicio por parte de las familias es que no tengan abuelas en casa, bien porque vivan lejos como en el caso de Ángela, o que hayan muerto. En este último caso, se le está negando al niño la posibilidad de procesar el duelo por la pérdida real de un ser querido, de un familiar en cualquier caso; se le está transmitiendo erróneamente la sensación de que los que mueren pueden ser sustituidos por otra persona, lo cual es totalmente contraproducente para superar un duelo.
No puedo evitar pensar en las connotaciones éticas que conllevan prácticas como las que se cuentan en el artículo: utilizar a los niños como elementos artificiales de satisfacción de otras personas. ¿Qué tipo de profesional o experto supervisa este tipo de prácticas?. Si en lugar de hablar de niños, estuviéramos hablando de mujeres, la expresión de esta práctica sería bien diferente y dura:   proxenetismo. De hecho, casi al final del artículo la periodista reproduce la expresión de una usuaria de esta plataforma: "Si se puede conseguir un novio por internet, ¿por qué no un abuelo?". Éticamente hablando, me parece de un utilitarismo abrumador, sinceramente. No se como le sentaría a mi esposa que le dijera que me he buscado una "esposa postiza" con la que salgo, junto a mis hijas, durante los días que no está en casa porque su trabajo la obliga a estar en otra ciudad casi toda la semana. Siendo serios, es obligado recordar aquella máxima de la ética Kantiana que decía aquello de "actuarás teniendo en cuenta que la persona es un fin en sí misma, nunca como un medio para otro fín".

Al final, debo volver al principio, y pensar en el sentido de todo esto que hemos hablado en relación a nuestras vidas. Jamás podrá ser lo mismo el uso de un muñeco para reforzar positivamente las emociones de una persona vulnerable, enferma, que está sufriendo que la utilización de un niño, vulnerable (y por ello un sujeto a proteger por la sociedad), para satisfacer las necesidades emocionales de otras personas que sufren sí, pero de otra forma y teniendo siempre en cuenta que pueden elegir otras alternativas, como comprarse una mascota, apuntarse a una asociación de voluntariado, o simplemente ir a un terapeuta. Es una cuestión de respeto por lo que humanamente nos une, sea o no de plástico, que no es otra cosa que el Amor. Como decía San Pablo acerca del  amor: 
Aunque yo hablara todas las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, soy como una campana que resuena o un platillo que retiñe. Aunque tuviera el don de la profecía y conociera todos los misterios y toda la ciencia, aunque tuviera toda la fe, una fe capaz de trasladar montañas, si no tengo amor, no soy nada. Aunque repartiera todos mis bienes para alimentar a los pobres y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, no me sirve para nada. El amor es paciente, es servicial; el amor no es envidioso, no hace alarde, no se envanece, no procede con bajeza, no busca su propio interés, no se irrita, no tiene en cuenta el mal recibido, no se alegra de la injusticia, sino que se regocija con la verdad. El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor no pasará jamás. Las profecías acabarán, el don de lenguas terminará, la ciencia desaparecerá; porque nuestra ciencia es imperfecta y nuestras profecías, limitadas. Cuando llegue lo que es perfecto, cesará lo que es imperfecto. Mientras yo era niño, hablaba como un niño, sentía como un niño, razonaba como un niño, pero cuando me hice hombre, dejé a un lado las cosas de niño. Ahora vemos como en un espejo, confusamente; después veremos cara a cara. Ahora conozco todo imperfectamente; después conoceré como Dios me conoce a mí. En una palabra, ahora existen tres cosas: la fe, la esperanza y el amor, pero la más grande de todas es el amor.(3)

No es entonces una cuestión de si el amor viene de un muñeco de plástico o de un niño "postizo". La cuestión en sí es la necesidad de amar y que nos amen. El Amor: el principio y el final de todo.

Buen verano amig@s. Un abrazo enorme.

Fuentes citadas:

(1) https://elpais.com/sociedad/2019/06/09/actualidad/1560096863_409218.html
(2) https://www.elmundo.es/papel/historias/2019/06/15/5d038d39fc6c83b63c8b45b3.html
(3) https://www.sanpablo.es/libro-pueblo-de-dios/la-biblia/nuevo-testamento/cartas-paulinas/primera-carta-a-los-corintios/13


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