Tiempo al tiempo...

Lo verde está de moda... y no lo digo por la primavera amigos, sino por otra razón de etiología más profunda y trascendente. Hace muy poco ha vuelto a la palestra el viejo tema, que parece ser nuevo,  de la legalización del Cannabis como producto terapéutico. Otra vez florecen los dos bandos: el conservador y el conservador (no es una errata); uno que defiende las bondades de la dichosa planta y el otro que las repudia. 

Desde mi punto de vista la cuestión no es de relevancia sino de pertinencia, más si cabe si para el debate echamos mano de la sabiduría de nuestros mayores. En sus tiempos, hace unos 50-60 años, el uso del Cannabis en nuestro país no estaba extendido, y a veces no era ni conocido. Era patrimonio de una clase elitista. Y no por el dinero, no, sino por la liberalidad de sus ideas. Aquellos que habían viajado tanto pudientes como obreros mercantes. No quiero que se malinterprete, porque no estoy hablando de su uso actual sino de su introducción en las clases sociales menos pudientes. Mi abuelo no tenía ni idea de lo que era la "María", ni el Cannabis, ni nada de eso, que va... Igualmente decía que uno no debe fiarse del "alcohol blanco", es decir, el destilado, o lo que es lo mismo todo lo que no fuera cerveza y vino.

Lo que pasa con la Marihuana es la intención de un pequeño sector poblacional, y porqué no decirlo, ideológico, que considera que algunos de sus beneficios justifica la legalización de su consumo libre.  Estos mismos dicen que el Cannabis es el principio activo del que hay que beneficiarse del mismo modo que otros fármacos están fundamentados en principios naturales. Voy a intentar justificar mi negativa a esta reivindicación haciendo uso de un símil. Para el que lea este blog y su formación académica no sea sanitaria es bueno que sepa que una buena parte de analgésicos que a veces consumimos están fundamentados farmacológicamente en el Opio. Si, el mismo opio al que se engancharon mórbidamente grandes científicos y médicos de nuestra historia menos reciente, del finales del siglo XIX pero también de primeros del siglo XX. Los opiáceos son el principio activo de muchos analgésicos, pero para que esto ocurriera primero produjo muchos males a la sociedad. Los fumaderos de Opio eran famosos entre las clase elitistas, tanto como en los años 80-90 de nuestro querido siglo XX eran los "esnifaderos de cocaína" en las fiestas de famosos y "chicos bien". De este modo aludir únicamente a las propiedades más ventajosas del Cannabis es repetir una historia que nos ha causado un gran daño social. El hecho de que se introdujera en los medicamentos precisamente para aliviar el dolor físico, no puede justificar que el consumo de Opio se legalice.

Además, en el momento que se añade el calificativo "libre" a la reivindicación de su uso aparecen en escena sectores ideológicos y políticos que hacen gala de defender todo lo que sea libre para el ser humano, todo lo que esté relacionado con su libre decisión. Ahí entramos en lo de siempre, los límites de la voluntad humana como especie, ya que solemos confundirla frecuentemente con las libertades del humano de manera individual.

Una planta, que como el Peyote, produce tantos efectos nocivos en el cerebro NO puede ser legalizada en cuanto a su consumo libre con la pusilánime excusa de que es para uso farmacológico. No hay argumentación razonable que lo justifique. Si las industrias farmacéuticas hubieran considerado que su introducción como medicamento era fiable, y rentable, ya habrían medicamentos basados en el Cannabis como los hay basados en el Opio.

Recuerdo a una persona mayor, de 80 y pico años, que conocí y que consumía Marihuana frecuentemente. A pesar de ello, me confesó que estaba enganchado a la dichosa droga, por lo que necesitaba fumar al menos 1 o 2 porros al día. Pero en ningún momento recomendó su uso a nadie de los que estábamos a su alrededor. La fumaba como un acto de reivindicación de una libertad que le habían arrebatado al final de sus días. Me pedía el Paracetamol cuando le dolía la cabeza aún fumando diariamente desde hacía más de cuarenta años. Era su manera de protestar por la falta de libertad que le habían impuesto al llevarle a vivir a una residencia, sin dejarle otra opción posible. Hablando con él, en mi papel de enfermero, asegurándome de que el sabía todos los efectos que producía su consumo, además de la relativa analgesia que defienden los más reivindicativos, me decía que efectivamente los conocía. Pero lo que más me sorprendió fue que no defendió nunca su consumo. De echo me advirtió del mismo. Esto sería por algo amigos. Sinceramente, en un mundo tan podrido de opiniones viciadas, interesadas en sus fines y en los medios (en su más amplio sentido), me fio más de los consejos de nuestros mayores que de los Adanes de la ciencia.

Me da pánico pensar donde podemos llegar mañana los de nuestra generación. Aquellos que nos alejábamos en un sentido general de todo lo que no nos gustaba utilizando "medicamentos para la frustación": cocaína (al principio de su mercantilización la Coca-cola llevaba cocaína aunque luego se la quitaron), Marihuana, Peyote, Crack... Dá pánico aventurar qué es lo que vamos a transmitir a nuestros hijos en relación al sentido de vivir plenamente, sin tener que recurrir a drogas para no sufrir. Si algo he aprendido de nuestros mayores es precisamente esa lección, que no existen más que dos caminos en la vida: el corto y el largo. El primero es el del sacrificio, el del esfuerzo, el de una inicial frustación, pero que nos lleva con todas las garantías a la satisfacción final. El Segundo, el largo, es el de la evitación de todo mal, sufrimiento y menos todavía cualquier frustración; este en cambio, no siempre nos lleva a una satisfacción final, porque para mi morir no es la satisfacción. Pienso, por pensar, que en lugar de ponernos huertos de hortalizas en nuestras residencias, ¿que nos van a poner?¿plantaciones de Marihuana?. Y en lugar de talleres de psicoestimulación ¿nos pondrán fumaderos de Marihuana?.

Estoy seguro que algunos/as se reirán al leer estas líneas, y como poco pensarán que soy un exagerado. Pues a vosotros/as incrédulos del mundo, os regalo un gran dicho de nuestros abuelos: tiempo al tiempo...

Ahí queda eso.... Un abrazo

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