Jóvenes discípulas de Nightingale, viejas aspiraciones...

Algunas personas mayores dicen que no hay verano sin invierno, ni dia sin noche, para hacer alusión a que nada es eterno y que después de lo malo siempre viene algo bueno. Lo mismo me gustaría aplicar al contenido del blog, ya que tantas cosas negativas puede llegar a insensiblizarnos hacia ellas por costumbre.

Es momento de rendir un merecido homenaje a aquellas enfermeras, y futuras enfermeras, cuyos caminos discurren por el paisaje de la gerontología. Cuando terminé mis estudios hace algunos años me encontré con un panorama muy parecido al de hoy, es decir, la falta de oferta de empleo; para que luego digan que lo que vivimos actualmente no se había visto nunca. Por suerte, yo fui a parar a la residencia en la cual había estado yendo a hacer algunas tareas de voluntariado durante 9 o 10 años. Fué en Septiembre. Esa navidad, para paliar el duelo de no ver a las compañeras/os de clase, un grupo de antiguos alumnos decidimos hacer una comida para contarnos que tal nos iba en aquellos primeros meses de recién estrenada vida profesional. Cuando nos preguntamos acerca de donde habíamos estado trabajando durante el verano, uno dijo que había estado en la UCI un par de meses, otro en Urgencias un mes, otra en un SUAP un mes y medio, otra en un Centro de Salud una par de semanas, y asi hasta llegar a mi. Cuando comenté que estaba trabajando en una residencia de ancianos, todas sin excepción me miraron con cara de pena y me preguntaron ¿porqué?. Aquello, reconozco que me causó un poco de vergüenza; tal es así que incluso hasta bastante tiempo después no empecé a decir donde trabajaba. Si bien es cierto que al principio entré a trabajar en aquella residencia buscando un empleo hasta que llegara el siguiente verano, la gerontología no tardó en calar en mí. Cada día me sentía, y me siento, más completo como profesional y como persona siendo enfermera de ancianos. Lo que acabó siendo un trabajo temporal ha acabado siendo mi gran pasión. Este trance también se vive ahora. Lo viven muchas compañeras de gremio. Una cosa es decir "me encantan los viejecicos" y otra muy distinta "trabajo de enfermera en una residencia con ancianos". Lo primero parece loable como muestra de humanidad, mientras que lo segundo parece algo incluso avergonzante. La verdad es que esta situación da un poco de risa ya que algunas compañeras que dicen que nunca trabajarían con ancianos son las mismas que hoy trabajan en servicios de Medicina Interna, o en Atención Primaria, por ejemplo. Para los que no sean del gremio y lean estas líneas cabe señalar que la edad media de los pacientes de estas unidades suele ser muy elevada, de 70 años para arriba. Esta situación es a la que hasta hace unos años estábamos acostumbrados a enfrentarnos "Las locas de la enfermería gerontológica". Demencias, incontinencias, dependencia extrema, disfagías, etc, son cuadros a los que cada día debemos enfrentarnos para aportar nuestro particular grano de arena desde la enfermería, no tangencialmente tal y como actualmente hacen algunas, pocas, compañeras, sino haciendo lo posible porque no se menoscabe la dignidad que caracteriza a toda persona humana. Las prácticas de enfermería en residencias, ya sean de enfermeras universitarias como de auxiliares de enfermería, eran abordadas usualmente por las alumnas como un trámite a pasar.

Como digo, desde algunos años esta situación parece que está cambiando. Cada vez hay más alumnas que piden hacer prácticas en residencias. Esto primero me sorprendió y me hizo abordar la tutela de estas alumnas desde la extrema cautela; pero luego, conforme fueron pasando alumnas por algunas de las residencias que conozco bien, he podido comprobar la admirable calidad humana de las personas que en un futuro no muy lejano deberán ponerse a disposición de otras personas que sufren, que padecen. Eso es la enfermería.

Al contrario de la tendencia tecnocrática, cada vez son más las nuevas compañeras tituladas que me piden consejo acerca de la salida profesional en la rama de la gerontología. A este respecto debo hacer alusión a una jovén compañera que hace unos dos años, y a la vista de las salidas profesionales que en nuestro país se intuían, hizo las maletas y con un curso de inglés a la espalda, junto con un despalpajo increible a su edad, se fué al Reino Unido a buscar trabajo. Sara, que así es como se llama realmente esta compañera, empezó a trabajar en una residencia de ancianos. Tuve la suerte de tomarme un café con ella hace algunos meses aprovechando unos días de permiso, y su cara decía lo mismo o más que aquellas atropelladas palabras saliendo de su boca. La ilusión, las ganas de hacer las cosas bien, el probarse cada día con el fin de ser mejor enfermera, era palpable. Me sentí orgulloso por varias razones, primero por haber sido Sara antigua alumna mía en la Universidad, y segundo por ser una nueva compañera de la Estultifera Navis de la gerontología. Recientemente, su madre, amiga desde algunos años por motivos profesionales, me comentaba que la habían incluso nombrado "enfermera del mes" en la residencia donde trabaja. Una enfermera española en el mundo sanitario anglosajón; total nada. Como Sara, hay otras tantas compañeras intentando hacerse un hueco en el mundo de la atención profesional y digna a las personas mayores. No está todo perdido.

Las personas, los profesionales que actualmente desempañeamos funciones docentes y asistenciales sea donde sea, debemos hacernos eco de esta nueva situación. Debemos estar a la altura de las circunstancias. La enfermería no es un trabajo y ya está. Es una forma de ver la vida y la relación con otras personas, las que sufren, o que pueden llegar a sufrir más adelante, o que acompañan a las que sufren. Es un rol que se lleva puesto todo el día, como si fuera otra piel. No es solo enseñar técnicas y procedimientos. También es transmitir valores y principios éticos.

Debemos estar agradecidas/os a las nuevas enfermeras en el campo de la gerontología y las que casi lo son. Ellas nos recuerdan aquellas personas que fuimos justo al salir de la univesidad, sin experiencia, llenas de miedos y perjuicios, inocentes. Pero también llenas de ilusión, de ganas de demostrar qué y cuanto podemos hacer. Considero que es una obligación ética y moral ayudarles a crecer como enfermeras y el recibirlas con ilusión en esta rama profesional que es la gerontología.
Gracias a Sara, y también a Amparo, Laura, Encarna, Manuel, Jesús, Pedro, Paqui, Marta, Cristina, y tantas otras que hacen que cada día esté más orgulloso, y comrometido, con mi labor como enfermero y como profesor. Por dar sentido a los esfuerzos diarios de todos los que formamos el grupo de "Las locas de la gerontología" en la meta de dignificar cada día más nuestra labor enfermera para las personas mayores.

Una sonrisa, un abrazo y un saludo. Ahí queda eso...

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